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Pocholo

Un amigo te pone un mote. Otro lo remacha. Los demás hacen que se quede ahí. Puedo decir lo que quiera, pero lo cierto es que me dejé.

Nunca había tenido un mote. Cuando era niño mi padre me explicó cómo hacer para sacudirme cualquiera de esas cosas: sólo tenía que hacer como si no me afectara. Mis amigos lo intentaron en el colegio. Yo me sacudí esas cosas. Sólo tenía que hacer como que no me afectaba. Con un poco de práctica, conseguí que no me afectaran estas cosas.

Incluso así, sentía ciertas ganas de tener un apodo. Nunca había tenido uno más allá del familiar, así que cuando en Regensperry Farruquito empezó a llamarme Pocholo y me gustó, simplemente le dejé hacer. Pronto se sumó Ratuza. En un par de semanas ya era Pocholo, especialmente en los contextos en los que a mí me convenía.

Salir por las noches siempre ha sido un suplicio para mí. Un suplicio, con todas las letras. Digo esto porque suplicio es una palabra que se dice demasiado rápidamente para lo que quiero expresar. Empecé hacia los quince o los dieciséis años. Eso hace muchos años de suplicio. Eso es mucho sufrimiento.

Yo era uno de esos chicos tímidos. El primer día de recreo en el jardín de infancia, un niño trajo una pelota y decidió que algunos no jugaríamos. Yo estaba entre ellos. Después de verlos jugar al fútbol durante un rato, me despisté con una bolsa de plástico que volaba.

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Farruquito y la máquina del tiempo

Me sentía verdaderamente chafado después de haber sido rechazado en la entrevista de gasolina. Quedé con mi amigo Farruquito en Bismarkplatz para tomar una Weissbier y animarme un poco.

—¡Pocholo! —me saludó—, ¿qué tal la entrevista para gasolina?

—Mal —le dije, y procedí a relatarle la historia.

—¡Noooo! —dijo llevándose las manos a la cabeza—. ¡En las entrevistas de trabajo lo importante es molar!

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De las funciones al programa

Incluso aunque hubiera fracasado estrepitosamente en mi entrevista para gasolina, me estaba haciendo cada vez más competente en lo que hacía. Si tenía algo de espacio y de tiempo, podía sentarme y resolver un cambio de engranajes. Cada mañana, llegaba allí y empezaba mi trabajo. Sacaba todo adelante. Cada vez recurría menos veces a Gorrino. Sabía dónde estaban los interruptores, los campos de calibración y qué hacer con ellos.

Tenía mis propias pruebas de que estaba aprendiendo. Podía incluso prescindir de referencias externas. Podía cerrar los ojos y verme a mí mismo en el pasado y darme cuenta de cuáles eran las diferencias: estaba aprendiendo.

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