meditacion piernaz cruzadas

Meditar con las piernas cruzadas

Después de un par de años meditando cada día sentado en una silla y con los pies planos sobre el suelo, empecé a meditar sentado con las piernas cruzadas. Pronto me di cuenta de que había diferencias notables entre hacerlo de una manera y hacerlo de otra.

Me sentaba en un sofá sobre un par de cojines. Los cojines me permitían estar sentado con las piernas cruzadas sin partírmelas en dos, lo cual era de agradecer. Pensé en las personas que hacen la postura del loto, en la que cada pierna se dobla hacia el interior, como estaba haciendo yo, pero en la que, además, los pies van encima de las piernas. ¡Ouch!

Mi miré a mí mismo y me vi como una especie de extraño puzzle. Visualicé mis pies sobre mis muslos y sentí que era imposible llevarlos hasta ahí. Sin embargo, como ya había aprendido, sabía que si perseveraba y vivía el suficiente tiempo, yo también podría llegar a hacer la postura del loto. En ese momento, preferí conservar las rodillas y simplemente permanecer sentado como humildemente podía en ese momento: con las piernas cruzadas, los pies sobre el sofá y el trasero sobre los cojincitos. Eso era suficiente para mí.

Dejé caer mis manos sobre mis rodillas. Su solo peso hizo que mis piernas se hundieran y empezara a sentir los tendones de cada una de las articulaciones involucradas tensándose hasta el dolor, especialmente en la parte de atrás de las rodillas. Entonces comprendí eso que leí que dijo Buda: “El dolor es necesario; el sufrimiento es una elección”.

Acepté el dolor, y como el sufrimiento podía ser y podía no ser, pues elegí que no fuera e hice la primera meditación con las piernas cruzadas rapidito, permaneciendo en la nueva postura tan solo tanto tiempo como quise obsequiarme un poco de dolor deliberado y consciente.

La meditación es un estado alterado, y lo es porque es raro, extraño, muy diferente a cualquier otra cosa que puedes experimentar en la vida. Sentarte en una postura extraña y permanecer ahí algún tiempo no es algo que hagas todos los días, a menos que, como yo, sí que lo hagas todos los días.

A medida que aprendía a meditar empecé a combinar lo que sabía de hipnosis con la meditación, y después añadiría algunas cosas más de PNL. Así, en unos meses más, sentí la curiosidad de meditar con las piernas cruzadas sobre el suelo, oh duro suelo.

Por si ya lo has olvidado, el suelo está muy duro. Pero muy muy duro.

Me descalcé y me senté. Sólo sentarme ya me tomó algunos momentos: tuve que descender hasta tocar el suelo con las manos y después, asegurándome de que mis muñecas sobrevivían al proceso, hacerme descender todavía más hasta el suelo, donde las cabezas de mis fémures quedaron reposando sobre la dureza de la superficie, de tal manera que podía sentir cómo presionaban la carne que se interponía. Sólo me quedaba cruzar las piernas.

Primero una. Luego la otra. Los cantos de mis pies descalzos se clavaban en el suelo con dolorosas sensaciones. Reparé en los huesos de los pies, a media altura de los mismos, saliendo hacia el exterior y, en este preciso instante, haciéndomelo notar al unísono con un dolor sordo, agudo y conjunto. Incluso así, tomé una inspiración profunda, ajusté los pies bajo mis piernas cruzadas y dejé caer mi peso hacia adelante suavemente. ¡Au! Y todavía tenía que dejar reposar las manos y los brazos sobre las rodillas.

Todavía un poco más de dolor después, conseguí sentarme con las piernas cruzadas sobre el suelo.

Observé a mi alrededor. Escuché los sonidos que podía percibir. Sentí mi respiración y, en un momento, me sentí abrumado por mis sensaciones. No porque fueran unas sensaciones en particular o por su intensidad, sino por su abrumadora cantidad.

Estoy ahí, en el suelo, con las piernas cruzadas y los cantos de los pies clavándose contra la tierra. Todo lo que siento, lo siento.

Puedo evadirme un momento, pero el dolor me hará regresar. Si me vuelvo a evadir, el suelo me recuerda en mis pies lo que estoy haciendo en ese preciso instante. Cada movimiento que hago se transmite al suelo y, desde ahí, se transmite de nuevo a mí, y se crea un bucle de retroalimentación en el que estoy procesando, continuamente, información sobre mí y sobre lo que estoy haciendo. Pronto mi consciencia queda ocupada tan solo con lo que está ocurriendo ahora.

Si estiro los dedos de la mano puedo sentir el efecto que tiene sobre los músculos y los tendones correspondientes. Si muevo un brazo, esto afecta a mi equilibrio. Si inspiro, mi pecho se levanta y tira de otras partes de mí. A veces mis manos tienden a moverse y mis brazos a flotar. Cuando estoy en el suelo, con las piernas cruzadas, cualquier movimiento que hago tiene unos efectos que puedo notar rápidamente. En esa postura, lo único que me queda es equilibrarme, una y otra vez, sobre mí mismo. En eso enfoco mi atención todo lo que puedo con todo lo que tengo.

Poco tengo que hacer sobre el suelo, con las piernas cruzadas, más que respirar y sentir. Si pienso en levantarme me doy cuenta de la cantidad de energía que tendré que destinar a ello. A partir de un cierto punto, y cuando el dolor en los pies comienza a amortiguarse, empiezo a sentir algo de comodidad, y siento que me resulta más natural quedarme como estoy que levantarme.

Elijo un punto al que mirar cómodamente, tal vez algún punto sobre el suelo. Una muesca, una brizna, una mota de polvo. Tomo una inspiración profunda… y empiezo a meditar sobre el suelo con las piernas cruzadas.

Permanezco en esta postura mientras me resulta cómodo. Mantengo los ojos abiertos porque me conviene para mi trabajo, y permanezco completamente involucrado en lo que está sucediendo en este momento. Encuentro un punto en mi pecho en el que puedo seguir mi respiración y noto cómo me voy relajando. Inspiro… y dejo salir el aire. Mantenerme sentado en equilibrio y con la espalda erecta es todo lo que me ocupa.

Empiezo a percibir mis pensamientos. Veo algunas imágenes. Oigo algunos sonidos en mi mente. En ocasiones me hablo y me llevo a lugares del futuro o del pasado, y cuando me doy cuenta tomo una inspiración y guardo silencio. Pronto comenzaré de nuevo, pero disfruto del silencio por unos instantes y, ah, es tan agradable. Simplemente estar sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, sintiendo la respiración y la sensación de equilibrio y bienestar.

Puedo sentir los hombros. Y siento la columna vertebral y los músculos de la espalda. Siento las nalgas sobre el suelo. Siento la resistencia que oponen mis piernas si me dejo caer ligeramente hacia adelante. Suavemente, reboto sobre mí mismo al ritmo de mi respiración. En un cierto momento, estoy en silencio sentado cómodamente sobre mí mismo, acunándome con el paso de las inspiraciones y las espiraciones, y entonces me digo que es el momento de ir más profundo todavía en este estado.