En el artículo anterior pudiste ver el resultado de mis clases de preparación para hacer un monólogo de humor. Como suele suceder en este tipo de cursos, cuando terminé no me sentí como si lo supiera todo, sino como que sabía lo básico. Si estaba aprendiendo a pintar, apenas me habían dado un pincel, un lienzo y unos botecitos de pintura. El fin de un curso no significaba el fin del aprendizaje, sino más bien el principio. Esto es válido para muchas otras cosas.
El curso era gratuito. Lo organizaba el ayuntamiento de Llíria, un pueblo a unas decenas de kilómetros de Valencia. Me sorprendió que fuera gratis, y lo consideré un aliciente. Después me sorprendió saber que se habían apuntado quince personas y que tan sólo dos comenzamos el curso. Hay un algo con las cosas que son gratis, pero eso lo dejaré para otros artículos.
Durante diez años escribí El Sentido de la Vida. No fue hasta que dejé de hacerlo que me di cuenta de que la mayor parte de ese tiempo había estado escribiendo monólogos de humor. Recordé que incluso una vez me escribió un tipo que se dedicaba a hacer monólogos y me pedía permiso para utilizar material de ESDLV. Así, cuando quise preparar mi monólogo definitivo, el que llevaría al final del curso frente a un público, me di cuenta de que contaba con gran cantidad de material que utilizar.
Releí algunas historias, y en concreto me partí de risa con La dieta de la zona. Sin embargo la historia era demasiado larga, así que decidí quedarme con la parte de los cereales y utilizarla como base. Desde ahí podría añadir algunas cosas.
Algo que me sorprendió muchísimo es la enorme distancia que hay entre crear algo divertido por escrito y hacer algo en vivo que resulte divertido. Son dos cosas realmente diferentes. Al hacerlo en vivo intervienen dos elementos nuevos en la comunicación: la voz y el lenguaje no verbal. Leer algo sumamente divertido con una voz y unos gestos determinados puede hacer llorar a la gente de pena. La voz y el lenguaje no verbal son dos elementos que transmiten mucha más información que lo que sea que se dice, y utilizarlos de una manera eficaz en la comunicación no es cosa de unas pocas clases, sino de años de práctica dedicada.
También me sorprendió lo diferente que es vivir el monólogo “desde dentro”, es decir, haciéndolo yo, a ver el monólogo desde fuera después en la grabación. Mientras lo hago creo que estoy haciendo unos tonos de voz determinados junto con unos gestos específicos que transmiten un significado concreto. Al verlo, me doy cuenta de cómo se percibe de diferente desde fuera. No es fácil de explicar. De ahí que sea muy importante poder grabar las actuaciones para poder contar desde un punto de vista externo y hacer, poco a poco, que lo que fluye desde dentro sea exactamente lo que llega afuera. Algo fundamental al comunicar excelentemente es interferir lo mínimo posible con lo que se cuenta.
Descubrí que hacer un monólogo de humor era ir todavía un poco más allá de “hablar en público”. Hablar en público para mí es ya fácil. Sólo tengo que salir y ponerme a hablar. Hacerlo bien, de acuerdo a mis criterios, ya es otra historia. Exige preparación y práctica. Exige memoria y capacidad de improvisación. Hacer un monólogo es salir y hablar en público y hacerlo decidido a abrazar el ridículo. Si hablar en público ya era una buena forma de quitarme miedos y vergüenzas, hablar en público para hacer un monólogo de humor es tomar los últimos reductos de esos miedos y vergüenzas y hacerlos fosfatina. Y eso es algo que me hace sentir muy bien y una inversión para otras áreas de mi vida.
Disfruté muchísimo durante el curso. Realmente lo pasé genial, y hacer el monólogo frente al público fue toda una experiencia. El “subidón” me duraba todavía de vuelta en casa, horas más tarde. Mientras lo hice me sentía fluyendo de una manera muy agradable, y la experiencia me resultó muy natural y a la vez muy excitante.
Lo pasé tan bien que estoy planteándome, ahora que ha terminado el curso, cómo hacer para poder pasear este monólogo por ahí. Quiero convertirme en un gran comunicador. Considero la PNL y la hipnosis como parcelas de la comunicación, y hacer cosas sobre un escenario, ya sea hablar en público sobre un tema en particular o hacer un monólogo de humor son experiencias que me permiten desarrollar mis habilidades comunicativas, ampliando el rango de emociones que soy capaz de transmitir y haciéndolo cada vez mejor.
Dos grandes lecciones
Darlo todo es mejor que ir a medio gas
Las últimas dos clases antes del gran día de la presentación del monólogo, las hice a medio gas. Tenía mi monólogo escrito. Me lo sabía más o menos. Podía salir y hacerlo y salir del paso. Podía considerarlo incluso bueno y, si lo comparaba con los de mis compañeros, pensaba que era de los mejores. Sin embargo, me di cuenta de que estaba funcionando a medio gas. Lo hacía bien, se me daba bien, y precisamente por eso no me estaba esforzando, no lo estaba haciendo todo lo bien que sabía que lo podía hacer. Cuando me di cuenta en el último ensayo, mi actitud me dio asco, y me comprometí a hacerlo lo mejor que pudiera en función del tiempo del que disponía. Sólo me quedaba día y medio.
Me senté y reescribí el monólogo completamente, desde cero. Lo imprimí y me puse a practicarlo. Fui apuntando algunas cosas que podía mejorar, taché otras cosas que me sobraban y, en un par de horas, me senté de nuevo e hice los cambios para volver a imprimir una versión definitiva. Entonces sólo me quedaba aprendérmelo, palabra por palabra.
El monólogo son diez minutos hablando. Son dos caras de un folio en Arial 10. Memorizar eso de carrerilla no es fácil, y me llevó unas ocho horas. Primero lo leí un montón de veces. Una y otra vez. Y otra, y otra. Después lo grabé despacio con el móvil, de manera que después podía escucharlo y repetir en voz alta entre frase y frase. Después lo leí más y empecé a hacerlo de memoria para darme cuenta de en qué partes me atascaba. Después lo grabé de nuevo, pero esta vez a la velocidad normal, y empecé a repetirlo en voz alta mientras lo escuchaba por los auriculares. Incluso cuando conduje hasta allí el día en que lo iba a hacer frente al público, lo iba recitando en la moto.
Evidentemente, no me salió palabra por palabra. Hubo algunos cosas que cambié inconscientemente mientras lo presentaba. Es diferente hacerlo solo en casa que hacerlo frente a un público al que tienes que adaptarte y con el que te estás comunicando. Pero me salió lo suficientemente fluido como para sentirme muy satisfecho de lo que había hecho. Había dejado de funcionar a medio gas para darlo todo, y me sentía muy muy bien por ello.
La energía para llegar al público
Poco antes de comenzar el espectáculo, el profesor se tomó un momento para reunirnos y darnos unas últimas instrucciones. Una de las que más me llamó la atención fue la siguiente.
Íbamos a estar sentados en la primera fila, así que, cuando nos tocara salir, en apenas media docena de pasos teníamos que pasar de estar tranquilamente sentados a estar de pie y llenos de energía para empezar a hacer vibrar al público. Eso exigía estar muy atento a mi propio estado interno.
Di unos pasos y me puse a hablar, y entonces me di cuenta de que esa energía con la que salía al escenario era el combustible que yo iba a irradiar durante mi estancia allí. Me sentí como una madre pájaro que lleva comida al nido, y el público eran los pajarillos allí con la boca abierta. Iban a comer lo que yo les llevara, así que era mi responsabilidad salir con la suficiente energía como para llegar a todos y cada uno de los que allí estaban presentes.
Utilizar esa metáfora me funcionó muy bien. Me permitió sentirme lleno de energía e irradiarla con fuerza. Me sorprendí a mí mismo y lo considero una gran lección aprendida.
¿Y el futuro?
La experiencia me encantó. Lo disfruté enormemente y me sentí muy bien haciéndolo, así que quiero hacerlo de nuevo. ¿Cómo lo hago?
Durante el último ensayo tuvimos el placer de que nos acompañara un antiguo alumno de nuestro profesor, el cual había decidido dedicarse a hacer monólogos profesionalmente. Nos hizo un espectacular monólogo de quince minutos y nos dijo que a final de mes estaría actuando en un cierto lugar. También nos explicó que, si estábamos interesados en hacer más de esto, a veces daban la oportunidad de hacer de teloneros a monologuistas debutantes.
Así, mi estrategia consistirá en ir a verle actuar a final de mes, hablar con él y preguntarle cuándo podría disfrutar de una de esas oportunidades para hacer brillar mi monólogo de los cereales frente a un selecto público. Con esto, ya me habré metido en un buen lío. Una vez esté dentro, ya sólo será cuestión de pasar entre las banderas hasta llegar a la meta. Te fijas un objetivo y das los pasos necesarios para llegar hasta él.
Mi objetivo: llevar este monólogo un poco más lejos.