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Dejar de fumar (tercera semana tras la recaída)

Han transcurrido ya tres semanas desde la recaída, y casi dos desde la recaidita en la que, un sábado por la noche, me fumé tres cigarros. En este tiempo he seguido avanzando satisfactoriamente en mi proceso, manteniéndome lejos del tabaco y dejándolo atrás, cada día un poquito más. En las últimas tres semanas, el 99’9999999% del tiempo lo pasé respirando aire puro. ¡Sí!

En el transcurso de ese tiempo he notado algunas cosas.

  • Mi nariz se ha destaponado completamente. Ignoro cuál fue el momento exacto en el que sucedió, pero en algún instante de la última semana me di cuenta de que estaba respirando por la nariz. Todavía puedo respirar mejor, pero al menos esa vía ya está abierta, y es maravilloso. Cuando fumaba, y también durante los primeros compases tras dejarlo, mi nariz estaba siempre taponada. Aunque me había acostumbrado a ello, lo cual sólo habla de mi magnífica flexibilidad y adaptabilidad, me resultaba molesto y antinatural, y hacía que me sintiera permanentemente cansado. Respiraba normalmente por la boca porque era mi única opción. O respiraba por la boca o no respiraba, y respirar es una de esas cosas que valoro. Así que esta semana he estado disfrutando enormemente de respirar por la nariz.
  • He empezado a recuperar el olfato. No lo había pensado hasta ahora, pero es obvio que, si no respiro por la nariz, no tengo acceso al sentido del olfato. Ahora ya sé por qué, al adoptar el hábito de fumar, había perdido el olfato. No lo había perdido, no lo había olvidado en la mesa de la cocina; había dejado de respirar por la nariz y había dejado de oler. Esta semana me sorprendí olfateando algunas cosas intensamente, lo cual me llenó de satisfacción y gozo. Como humanos, el olfato es un sentido que nos conecta intensamente con el entorno y con el momento presente. Yo me alegro de haber empezado a recuperarlo, y me ilusiono al pensar en qué más podré disfrutar oliendo a medida que deje, todavía más, atrás el tabaco.
  • La idea de volver a fumar, más pequeña, lejana y fugaz. Ahora, cuando pienso en el tabaco y en fumar, se trata de una idea pequeñita y que en seguida se marcha. Los beneficios de haberlo dejado se están haciendo tan abrumadoramente agradables que la idea de cambiar todo eso por regresar al antiguo hábito se me hace casi ridícula. Incluso aunque decidiera fumar un cigarrillo, o dos o tres, pienso que ya no hay vuelta atrás: prefiero una vida sin tabaco. Podría fumar otro cigarro, pero… ¿Para qué?

No sólo ya he ganado mucho, sino que me pregunto “¿Qué más ganaré a medida que la idea de fumar cae en el olvido y mi organismo va superando los efectos de haber fumado durante años?”.

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Lo que digan los demás

Hace algunas semanas escribí un artículo titulado “Lo que piensan los demás“. En resumen, las ideas que transmitía en ese escrito eran que tienes un cerebro y que sólo aprender a gestionarlo eficazmente ya es tarea de una vida a tiempo completo. ¿Qué te importa lo que piensen los demás? Tienes mejores cosas que hacer.

Algunas personas me dieron las gracias por ese artículo, lo cual me hizo sentir muy bien. A veces podemos pensar mucho sobre algo y llegar a algunas conclusiones firmes, y aún así suele ser un alivio encontrar a alguien que, caminando su propio camino, ha llegado al mismo lugar. Si eres una de las personas a las que ese artículo aportó algo de luz, me alegro de haber tenido la oportunidad de escribirlo.

Dejar de preocuparse de lo que piensan los demás puede resultar una revolución en la consciencia de la persona, y vivirse y sentirse como algo profundamente liberador y renovador. Aprender esta lección de la vida otorga combustible para recorrer muchas millas sin mirar atrás y vivir unas cuantas experiencias enormemente enriquecedoras que le permiten a uno cultivar la suficiente confianza como para llegar al siguiente paso: lo que digan los demás.

Los pensamientos se intuyen; las palabras en voz alta constituyen obviedades, evidencias sensoriales. Aprender a ignorar lo que piensan los demás puede resultar fácil. Aprender a ignorar lo que dicen los demás… no tanto.

Al hilo de esta reflexión quiero compartir este artículo publicado en El País titulado “La envidia y el síndrome de Solomon“. Soy poco amigo de las etiquetas psicológicas, e incluso de otras etiquetas más comunes como “envidia”. Me gusta trabajar con lo que se puede ver, oír y sentir, y no con las palabras con las que se denotan las sensaciones. A pesar de ello, he encontrado el artículo enormemente interesante y creo que te inspirará para dar un paso más en tu propia evolución.

Te recomiendo su lectura, y me despido con el poema favorito de Mandela que acompaña el artículo. Hacía mucho tiempo que no leía palabras tan sabias.

“Nuestro temor más profundo no es que seamos inadecuados. Nuestro temor más profundo es que somos excesivamente poderosos. Es nuestra luz, y no nuestra oscuridad, la que nos atemoriza. Nos preguntamos: ¿quién soy yo para ser brillante, magnífico, talentoso y fabuloso? En realidad, ¿quién eres para no serlo? Infravalorándote no ayudas al mundo. No hay nada de instructivo en encogerse para que otras personas no se sientan inseguras cerca de ti. Esta grandeza de espíritu no se encuentra solo en algunos de nosotros; está en todos. Y al permitir que brille nuestra propia luz, de forma tácita estamos dando a los demás permiso para hacer lo mismo. Al liberarnos de nuestro propio miedo, automáticamente nuestra presencia libera a otros”.

 

Foto por CaptPiper via photopin cc