Cerrando la paraeta

Hoy estoy ya haciendo planes acerca de todo lo que quiero hacer antes de marcharme de vacaciones: hacer una lista de todo lo que me llevaré, preparar el portátil con lo necesario para estar escribiendo por ahí, preparar un par de plantas para que puedan beber en mi ausencia, alguna gestión recurrente… En fin, esas cosas que quiero hacer antes de irme de viaje un par de semanas y disfrutarlo.

Ayer me compré un ukelele. Toco la guitarra todos los días, pues es algo que me encanta, y la idea de estar por ahí un par de semanas sin poder hacer sonar unas notas y echarme unos cantes se me hacía dura, así que pensé que podría darme el placer de comprarme un ukelele, que al fin y al cabo es una guitarra muy pequeñita.

Encontré uno muy majo por 59 euros. El tipo me dijo que, si tocaba la guitarra, era muy fácil: solamente tenía que transportar los acordes cinco semitonos hacia arriba y olvidarme de las cuerdas cinco y seis. El hombre afinó el instrumento de oído e improvisó un ritmo hawaiano. “Esto es un Sol” me decía mientras hacía un Re en el breve mástil. “Esto es un Do” decía sosteniendo la cuerda inferior en el tercer traste. Me preguntaba cómo llegaba el Do en convertirse en eso, pero ya lo averiguaría en casa.

El cacharro era una mezcla entre pequeño violín y una de esas guitarras de broma que ni puedes afinar ni nada. Lucía recio, en madera oscura. Con un poco de cuidado sobreviviría al viaje.

Descargué una aplicación para afinar ukeleles en el móvil. Lo afiné. Después encontré una página con los acordes para ukelele y empecé a trasladar los acordes desde “Mr. Tambourine Man”. Pronto estaba desfogándome con un instrumento de menos de un metro de largo. Podría llevármelo por ahí y marcarme unos acordes cuando quisiera. Nuevos ratos de purito gozo aparecieron en mi futuro inmediato.

Fui a través de algunas de Cake. El Re era lo más difícil. Tenía que poner tres dedos muy juntos en el espacio entre dos trastes, que era mínimo. Si no apretaba bien haría un Re séptima. Me daría cuenta en seguida.

Entonces llegué al Mi. Era como el Re, solo que dos trastes más arriba. No solamente tenía que meter los tres dedos en un lugar todavía más pequeño, sino que tendría que añadir otra nota doblando el meñique en una postura imposible. Tenía las manos demasiado grandes. Necesitaba un niño de cinco años para tocar un Mi en el ukelele.

Aunque precisamente la gracia del ukelele consiste en que rasgas todas las cuerdas simultáneamente todo el tiempo, resolví que bien podía usar solamente tres dedos y tocar esas tres cuerdas. También podía utilizar solo un dedo para, con… mucha habilidad, aplastar las tres cuerdas y hacer sitio para que la otra vibrara libremente. Me llevó varios intentos, pero sonaba decente.

Encontré “Raindrops keep falling on my head”. Los acordes sonaban exquisitos en el ukelele. Podía cantar por encima y sonaría muy bien. Estuve tocando hasta que me dolieron las yemas de los dedos, y eso que estoy acostumbrado a usarlos para presionar las finas cuerdas de metal de una guitarra acústica. Los callos en los dedos de la mano izquierda me llegan ya al hueso.

Así, por 59 euros me acabo de asegurar cientos de horas de diversión y aprendizaje. Si viniste a mi último curso de hipnosis, que sepas que una parte del precio que pagaste lo invertí en mi educación musical y en mi disfrute. ¡Gracias!

Esta mañana me desperté, practiqué mi Yoga y desayuné. Revisé el buzón electrónico y encontré una invitación desde Salzburgo para dejarme caer desde Regensperry. Verdaderamente me siento agradecido.

Mi programa inicial para estas dos semanas es disfrutar de mis amigos Albóndigas en Regensperry durante los fines de semana, y disfrutar de los parques y de las terrazas mientras escribo el libro entre semana. Así, esto cae un poco fuera de ese programa. Tal vez vaya tal vez no, pero desde luego me siento agradecido por la invitación.

Así, para esta tarde, todavía un poco más de escribir y darle un poco más al ukelele. Algo de botánica con movimiento de tierras e instalación de sistema de riego por capilaridad. Calcular la altura de un depósito de agua de manera que abastezca una población a través una tubería de un milímetro de diámetro de modo que, cuando regrese, la planta siga viva y haya prosperado. Creo que esta vez podré prescindir de la calculadora.

Cerrando la paraeta