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La Niederlassung

Pasaron las navidades. Estuve con mis padres y con mi hermana. Estuve con mis otros amigos.

Regresé a Alemania; esta vez volvía a Regensperry. Atrás quedó Chingenperry. El lunes empezaría a trabajar en la Niederlassung de MiniPerryGmbH. Ya había mirado en el diccionario qué diantres significaba Niederlassung: sucursal. Comprendí algunas cosas más.

Cuando vivía en Alemania me enteraba de las cosas por partes. Tenía su punto y un suspense muy emocionante. A menudo era demasiado para mí.

La mayor parte del tiempo sentía que vivía en una especie de burbuja. Las cosas que conocía y comprendía estaban en esa burbuja; las cosas que ignoraba o que todavía no comprendía estaban como más borrosas y lejanas. Yo usaba lo que comprendía y dejaba estar todo lo demás. Iría aprendiendo más a mi propio ritmo y velocidad y abriendo el diccionario.

La Niederlassung estaba en el Gewerbepark, un lugar fuera de la ciudad en el que se levantaban algunas oficinas. Estaba mucho más cerca de PerryAG que Chingenperry. Había hasta una pizzería a doscientos metros, pero yo todavía no sabía eso. Llegó el lunes y cogí la bici.

Ya que las cosas marchaban viento en popa, había decidido hacerme con una bicicleta de segunda mano. Como me gusta probar cosas nuevas, compré una de esas que frenan pedaleando hacia atrás. No es precisamente tecnología punta, pero era algo nuevo para mí. Era divertido.

Me llevó un tiempo acostumbrarme a que no hubiera maneta de freno de atrás. Al principio, a menudo me olvidaba. Todavía estaba creando el programa de conducción de rücktrittbremse fahrrad. Era como el programa de la bici normal, solamente que para frenar tenía que mover los pedales hacia atrás. Se siente muy raro las primeras veces. Esto es válido para cada vez que haces algo nuevo.

Cuando echaba mano de la maneta de freno trasero y sólo notaba el manillar, entonces sabía que tenía que empezar a pedalear hacia atrás y apretar la otra maneta más fuerte. Después descubrí que, cuando paraba en los semáforos, no podía dar una vuelta a los pedales para dejármelos preparados para la luz verde. En las salidas me adelantaban las bicicletas convencionales, pero incluso así me gustaba la rücktrittsbremse faharrad. Más tarde me tomaría el tiempo para aprender a pronunciar su nombre, pero ya me estaba gustando.

Aparqué en la misma puerta. Llamé al timbre. Abrió mi jefe. Tenía buena cara. Santa Claus debía de haber sido bueno con él.

Me llevó a una habitación y me explicó que allí haría mis labores. Ahí tenía el ordenador y ahí la silla. Se marchó. Me pregunté cuáles serían mis labores. Años después sigo preguntándome cuáles eran mis labores. Recuerdo que me imprimí unas tarjetas de visita con una función específica de la impresora que allí tenían. Lucían regias, las tarjetas. Ahora era desarrollador de funciones. Lo ponía en el cartoncito. Pronto estaría desarrollando alguna función.

Me senté. Hacía una temperatura agradable. Miré la habitación. Tal vez mi función fuera vegetar. Había luz y probablemente encontraría agua en algún lugar. Podría crecer algunas hojas. Tal vez hubiera incluso terrones de azúcar. Comprobé que el ordenador estaba conectado a Internet y me entretuve escribiendo algunas páginas de El Diario Teutón durante el resto de la jornada.

 

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Días más tarde, mi jefé me habló. Escuché con atención y entendí algo de lo que este hombre estaba diciendo: en unos días tendría un compañero. Me dijo que estaba en la misma situación que yo, así que supuse que le pondrían un ordenador con conexión a la red, una silla y un poco de luz. En unas semanas le saldrían esporas. Mahlzeit.

Llegó el ordenador de mi compañero. Llegó mi compañero. Llegó la cocorota de mi compañero oscilando por encima del monitor. Como mínimo podía ver algo que se movía. Aprendí algunas palabras más en alemán. El diccionario en mi cabeza contaba ya casi mil entradas. A veces decía frases de seis o siete palabras del tirón y me sorprendía gratamente. Era como hacer kung-fu lingüístico. Mi lengua estaba desarrollando una destreza extraordinaria.

Dos interminables meses después de esa rutina que me sirvió para pasar ocho horas diarias delante de la pantalla del ordenador sin apenas pestañear, mi entrenamiento había terminado: estaba listo para un empleo en una gran multinacional de la automoción. Iba a pasar de encender y apagar luces a hurgar en las electrónicas tripas de los coches.

Atrás quedaron meses de dar cera, pulir cera; encender luz, apagar luz.

Ahora estaba listo.

¡Ding!

Hipnosis, Programación Neuro-Lingüística e Ingeniería.