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Desarrollando funciones

Empecé a trabajar en PerryAG. Era todavía mejor de lo que yo lo había imaginado en mi mente. Esto era sorprendente porque me ocurría raras veces. Me sentaba delante de mi nuevo amigo “Gorrino”, así que podía ver su pelo negro y rizado por encima de la pantalla del ordenador. Esto era un “upgrade”: podía hablar en español con aquella cabeza. Era reconfortante. El Chano se sentaba a unos pocos metros a mi derecha. Tenía que ponerme en pie para verle, pero estaba ahí. Glorioso.

Conocí a Gorrino a través del Chano. Venía de otra ciudad española, así que tenía otra manera de hablar. Tal vez te has dado cuenta de cómo personas de otros lugares hablan el mismo idioma de maneras diferentes. Esto es extremo en el sur de Alemania, donde hablan escupiendo y tragando las palabras a la vez. Hay que ver lo que hacen con las oes y con las úes. ¡Filigranas!

A mí me daba igual cómo hablara Gorrino. Mi siguiente objetivo era aprender de él para poder hacer mi trabajo. Me convertí en su sombra. Él era mi padrino; yo su protegido.

Gorrino llevaba ya varios años trabajando en PerryAG. Conocía lo que llamaban la estructura de par motor como la palma de su mano derecha. En la izquierda llevaba un cigarro. Cómo fumaba Gorrino. Casi dos paquetes diarios. A cada hora se levantaba y se marchaba a fumar un cigarro. A veces me iba con él y estiraba las piernas y descansaba los ojos. Llevábamos nuestras cabezas a la cabina de fumadores.

—¿Un cigarro?

—No, gracias. No fumo.

Trabajábamos con funciones. Cada una hacía algo, servía a un fin. Formaban parte de un sistema mucho más grande que ellas mismas.

Cada función estaba ahí para algo. Si dejaba de servir, se borraba. Tanto el espacio como el tiempo de CPU eran sagrados en PerryAG. Estas dos cosas costaban dinero, así que cuanto menos espacio y menos tiempo requirieran las funciones, mejor. Aprendí esto poco a poco.

Cada función estaba descrita en una especificación. La especificación recogía las variables que aceptaba, las que devolvería y lo que sucedía desde que entraba la información en la función hasta que salía. Estaba todo muy bien pensado. Cada cosa en su sitio. Eso es una buena manera de estructurar las cosas.

Mi trabajo consistía en crear, desarrollar y mantener funciones. Recibía los requerimientos del cliente y ajustaba las funciones para que devolvieran lo que el cliente esperaba. A veces los requerimientos exigían nuevas funcionalidades, y entonces yo tenía que crear nuevas funciones.

Para mí, al principio, todo eran dificultades. Me parecía que aprendía muy despacio. Descubrí que las claves del aprendizaje son la repetición y la intensidad.

 

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Tuve que aprender dónde y cómo se almacenaban los documentos y cómo acceder a ellos, dónde encontrar las herramientas que utilizaría y cómo emplearlas. Así, recurría a Gorrino a menudo, y el mejor momento para hacerlo era aprovechando su pausa para el cigarrillo.

En la cabina de fumadores del séptimo piso, entre el humo, le mostraba la especificación. Le explicaba lo que quería el cliente. Él la miraba un momento y después decía que podía poner una cajita con un interruptor y luego poner una calibración a cero. A mí me sonaba a chino.

Me doy cuenta de que para Gorrino era un reto explicarme, a mí, que acababa de llegar, cosas por las que él ya había pasado cientos de veces. Tenía que pensar en el proceso, ralentizarlo, ir a la parte sobre la que yo le preguntaba, encontrar los fotogramas en su mente y describir lo que estaba haciendo en ellos. Gorrino entraba en un trance profundo para esto, pero ni él ni yo sabíamos nada de esto estonces. Sólo pensábamos. Gorrino daba profundos chupletones a su cigarro. El papel se arrugaba hacia el interior del pitillo con cada aspiración. Yo creo que le ayudaba a pensar.

—Sí, haz eso. Así les das más libertad a los de System Integration.

—Eso haré, gracias.

Después regresábamos a nuestros puestos, yo me sentaba y abría el programa. Cargaba la especificación apropiada y hacía los cambios. Aquí pongo esta caja. Aquí pongo un campo de calibración. Aquí pongo un cero. Era fácil, aunque todavía tendría que aprender la parte que hacía Gorrino, cuando entraba en un trance y regresaba con una respuesta funcional.

Guardaba los cambios y a volar. Me iba a ver qué se contaba el Chano. Pronto se haría la hora de comer. Mahlzeit.

Cada día era un día nuevo. Cada día tenía algo nuevo que hacer. Cada dos por tres tenía que ir a preguntar a Fernando. Si había funcionado antes, también funcionaría esta vez. Él se iba a fumar y yo me iba con él.

—¿Un cigarro?

—Pues sí, gracias —le dije—. Mira, que me ha dicho el de PerryChord que la caja de cambios que van a montar es automática y lleva su propia centralita, y que esta centralita tendrá que recibir la señal del par que estamos generando.

—Ah —dijo tomando una chamada. Después exhaló el humo mientras decía— tendrás que abrir el CAN Spec.

—¿El qué? —dije confuso. Era la primera vez que oía hablar del Can Espec.

—El CAN Spec —dijo como quien dice “El cajón de los cubiertos”—. Ya verás.

Hipnosis, Programación Neuro-Lingüística e Ingeniería.