La sonrisa en el espejo

Hace un par de años me apunté a un gimnasio. Allí levantaba pesas y pasaba también un rato tirado en una colchoneta, haciendo estiramientos para elongar cadenas musculares que no sabía que tenía, en un intento de reducir mis dolores de espalda debidos a pasar largas horas sentado escribiendo columnas como esta. Fue una temporada en la que hacía muchas cosas por motivos equivocados y obtenía muy poca satisfacción por ello.

—Ahora estoy yendo todos los días a un gimnasio —le conté a mi profesora de PNL mientras tomábamos un refrigerio al sol.

Me miró y me dijo:

—Y seguro que ni lo disfrutas.

Durante muchos meses me reventó que, sistemáticamente, estuviera acertada en la mayor parte de sus apreciaciones sobre mí. Fue algo que tardé un tiempo en apreciar.

Allí estaba yo una fría mañana. Daba pedaladas a una bicicleta sin moverme del sitio mientras miraba la televisión. Estaban haciendo un partido de tenis, o explicaban cómo cocinar caldereta, o hablaban sobre la ola de frío que en aquellos días azotaba el país. Qué se yo. Yo daba pedaladas.

En aquel momento entró una pareja de viejecitos que acudía varias veces a la semana para hacer taichí. Eran una pareja entrañable. Enfundados en su equipación deportiva, entraban por la puerta con un cierto aire que me a mí se me antojaba magnético. Caminaban lentamente observando con detenimiento todo lo que acontecía a su alrededor. Ella, en especial, llevaba siempre en la cara una especie de sonrisa profunda y perenne. Parecía ajena al tenis, a la caldereta, o al frío de la estepa castellana. Su sonrisa tenía que venir de algún lugar interno e inconmensurable. Con lentos pasitos, paseó su sonrisa en su camino hacia la sala en la que pasaría una hora moviéndose en slow motion.

De alguna manera, estas cosas me conmueven. Me gustan los ancianitos sonrientes, dicharacheros y de buen humor, que mantienen una cierta actitud ante la vida. Yo solía pensar que hacerse viejo era una putada inevitable, así que ellos me hacían tambalear ese tipo de pensamientos. Yo no lo sabía entonces, pero con menos de la mitad de su edad me sentía mucho peor que ellos. Con mi juventud y mi vitalidad, daba pedaladas con la mirada perdida frente a la televisión. Allí estaban ahora cogiendo una raqueta y metiéndola en un puchero para hacer una caldereta y templarse ante las gélidas temperaturas. Yo ni sentía ni padecía. Sólo daba pedaladas.

Cuando la pareja llegó a mi altura, quise corresponder a aquella sonrisa, así que me dije que iba a sonreír profusamente.

Puse mi mejor cara y ellos me sonrieron de vuelta y pasaron frente a mí y frente al puchero de nylon. Cuando se alejaron, mi cara continuó girando y entonces me vi en el enorme espejo. Y lo que allí vi me dejó helado.

Lo que yo había pensado que era mi mejor sonrisa no era más que apenas un rictus. Ni siquiera mis mofletes se habían redondeado. Las comisuras de mi boca estaban bastante por debajo de la horizontal. Aquello no era una sonrisa ni era ná, que se suele decir. Y yo estaba convencido de que se me iban a saltar las costuras si seguía tensando mi cara de aquella manera.

La mayor parte de nuestros dilemas vienen de la diferencia entre quienes creemos que somos y lo que somos realmente. Las creencias están hechas de pensamientos. Lo que somos está confeccionado de hechos. De hechos evidentes, de los que reflejan los espejos, de los que se ven, se oyen y se sienten.

Desde aquel episodio sonrío mucho más. Y es curioso, el mero hecho de tensar los mofletes y elevar las comisuras por encima de la horizontal ya me hace sentir bien. Mente y cuerpo son dos caras de la misma moneda. Puedes sonreír porque te sientes bien y también puedes sentirte bien si sonríes.

Ahora me río docenas de veces al día. A veces, incluso me saltan las lágrimas de la risa. Pocas cosas me hacen sentir tan bien.