No hay cuchara

Era lunes y me había levantado ya hacía un rato. Debían de ser las once y media, aunque no recuerdo haber mirado ningún reloj. Acababa de desayunar y miraba el correo en el ordenador. Todavía no sé por qué me di la vuelta, pero el caso es que lo hice. Supongo que, de algún modo, sentí su presencia.

Estaba sentado en el sofá, mirándome con amplios ojos y una sonrisa tierna. Era un enorme muñeco de felpa azul. Debía de medir como medio metro. Tenía las manos sobre el regazo y una gallina bordada en el pecho.

—Hola —dijo sin más.

—Hola —dije.

Me miró durante algunos segundos. Luego dijo con voz de muñeco de trapo:

—Pareces perplejo.

—Hombre —contesté—, no suelo ver muñecos de felpa sentados en el comedor de mi casa, y desde luego me sorprendo cuando se presentan sin avisar. Espero que esto sea un sueño, y que sea uno de esos sueños en los que acabo follando con una modelo. Me da igual lo que se tenga que manchar.

Rió divertido.

—Lo siento —se disculpó.

—No pasa nada.

Cojonudo. Es lunes por la mañana y estoy hablando con un muñeco de felpa que está sentado en el sofá del comedor. Por lo menos podría haberse quitado los zapatos. A ver cómo le explico a mi madre que esas manchas las ha hecho un muñeco. Después me pregunto cuántas veces podría funcionar una excusa así.

—¿Qué haces? —dijo.

—Pues la verdad es que poca cosa. Ahora me iba a duchar.

Me pregunté qué le iba a contestar si me decía que se quería duchar conmigo. Me preocupaba qué haría si se me caía el jabón.

—¿Qué es ese aparato en el que estabas escribiendo?

—Es un ordenador —contesté después de asegurarme de que no podía estar hablando de otra cosa.

Bajó del sofá, empujó una silla y se sentó a mi lado poniendo sus manecitas de felpa sobre el borde de la mesa.

—¿Qué haces con él? —preguntó curioso.

Aquella era una buena pregunta. Era irónico, pero en aquel momento pensé que el mundo era un lugar en el que sólo los muñecos de felpa parecían hacer buenas preguntas.

—Hmmm, supongo que es una especie de herramienta. Hay gente para la que puede ser un objeto de culto. Supongo que los hay incluso que tienen una relación casi sexual con los ordenadores. Yo los uso para hacer cosas.

—Ahá —dijo asintiendo sin siquiera mirarme, sus enormes ojos inspeccionando el aparato—. ¿Y qué haces con él?

—Bueno… Me sirve para conocer gente, para mantenerme en contacto con ellos, para contarles cosas y que me las cuenten a mí. También hay páginas en las que puedes comprar billetes de avión o tren, y mirar cosas interesantes. Y bueno, eso es prácticamente todo lo que se hace con ellos. También puedes ver porno.

—¿Porno? —dijo mirándome fijamente.

—Sí. Gente follando y esas cosas. Una vez vi un vídeo de un tipo que le hacía una mamada a un delfín.

Me miró de nuevo con los ojos de par en par. Parecía simpático, así que decidí contarle algo de mí relacionado con los ordenadores, con internet, con los delfines y con el porno. Abrí El Sentido de la Vida.

—Mira, este es El Sentido de la Vida. Es una página que escribo —dije dando golpecitos sobre la pantalla.

—¡Oh! —exclamó llevándose una manecita a la boca. Después preguntó— ¿Y qué escribes?

—Bueno… poca cosa. Cuento algunas historias, relatos que me vienen a la cabeza y que por algún motivo tienen que ser escritos.

Volvió de nuevo la cabeza hacia mí.

—¿Por qué tienen que ser escritos?

—No lo sé. Supongo que jamás serán escritos si no lo hago yo.

—¿Y por qué tienen que ser escritos?

Permanecí unos segundos en silencio.

—No lo sé —respondí—. Supongo que hay algún motivo, pero lo desconozco.

—¿A ti te gusta escribirlos?

—Sí, a mí sí. Supongo que ése es un motivo importante.

—Eso será. Yo suelo hacer cosas que me gusta hacer, cosas que me divierten.

—Eres un tipo muy interesante… —dije.

Volvió a mirar el ordenador y después tomó una cuchara que había sobre la mesa.

—Una cuchara —dijo—. ¿Para qué tienes esta cuchara aquí?

Miré al muñeco. Respiré profundamente. Lo que le iba a contar era altamente extraño, pero quizá pudiera ayudarme después de todo. En cualquier caso, nadie nunca lo sabría, así que supuse que podía contarle mi pequeño secreto.

—Quiero doblar la cuchara.

Me miró. Con aquellos enormes ojos saltones era imposible decir cuando estaba sorprendido y cuando simplemente miraba. Era un tipo extraño.

—¿Quieres doblar la cuchara? —preguntó.

Asentí.

Dio un par de vueltas al objeto metálico entre sus manecillas y después trató de doblarlo.

—Es una cuchara sólida y recia —dijo—. Yo no podría hacerlo, pero creo que tú sí que podrías doblarla con las manos. Pareces mucho más fuerte que yo.

—Claro, pero es que quiero doblarla sin tocarla.

—Aaaaaah —dijo llevándose la mano a la boca—. Entiendo, la quieres doblar sin tocarla. ¿Y cómo entonces?

El muñeco parecía confuso. A estas alturas de la conversación mi padre ya estaría gritando, así que su confusión era como una brisa marina en la habitación.

—Con la mente, supongo —dije.

—Oh, con la mente…

Me sentí algo extraño contándole todo aquello a un muñeco. No ya porque estuviera hablando a un bicho de felpa de medio metro de altura, sino por sus reacciones. Para él todo aquello parecía ser perfectamente lógico. La mayoría de mis amigos se hubieran descojonado y hubieran cuestionado primero mi inteligencia y luego mi cordura. Una semana más tarde se llamarían los unos a los otros y yo y mi cuchara seríamos el centro de una conversación en la que después se hablaría de fútbol. Pero aquel personaje azul y afelpado se encontraba simplemente confuso. Me estaba cayendo simpático.

—¿Crees que lo lograrás? —preguntó.

—Buf… no lo sé, sinceramente. Aunque cuando se me mete una cosa en la cabeza…

—Jejeje, entiendo de lo que hablas —sonrió divertido.

Tomó la cuchara fuertemente con ambas manos y la miró fijamente.

—¿Has visto Matrix? —dijo.

—Sí, claro.

—La escena en que Neo está esperando para esperar a ver al Oráculo y hay un niño que dobla una cuchara…

—Sí, sí; sé de qué me estás hablando.

Me miró de manera ceremoniosa. Luego dijo lentamente:

—No hay cuchara.

—No hay cuchara —repetí lentamente intentando comprender qué significaba aquello exactamente. Mi problema es que si no hay cuchara entonces tampoco hay silla, y en cuanto me dé cuenta me voy a estar partiendo la crisma.

Le cogí el metálico objeto de entre las manos y lo sostuve yo por el extremo en vertical. Observé aquello durante unos segundos.

—Hombre, a mí me parece evidente que sí hay cuchara —dije.

Él pareció reflexionar durante un momento.

—A veces se nos olvida que estamos viendo las cosas desde un solo lugar. Se nos olvida que siempre se puede mirar el mundo desde otra perspectiva.

—Es cierto —dije, e intenté mirar la cuchara de una manera que nunca lo hubiera hecho antes. Cuando hube terminado le dije:

—Es inútil, no ayuda.

El muñeco volvió a coger la cuchara con la mano y me dijo:

—Mira, vamos a hacer un juego. Yo seré el niño que dobla cucharas y tú serás Neo.

El muñeco había salido mal parado con el trato. Él sería un niño calvo y andrajoso y yo sería Neo, un tipo molón con gabardina negra y gafas de sol que iba a salvar el mundo. Hacía un rato que había entrado en Matrix. Me había comprado un paquete de pipas en el quiosco, había mirado cómo había quedado la fórmula uno del domingo y ahora me dirigía a ver al Oráculo, una señora que vivía en un apartamento cutre y que me iba a dar pistas clave para una fantástica cruzada. Pan comido.

—Vale —dije.

—¿Estás metido en el papel?

—Sí —carraspeé ligeramente—, ya estoy.

Hacía ya rato que la palabra ridículo había dejado de tener sentido. Yo era Neo y mi madre movía objetos con la mente por las noches aunque nunca lo hubiera mencionado en las sobremesas. En breve estaría saltando por la ventana creyéndome Peter Pan. Y yo que pensaba que iba a ser una mañana como otra cualquiera.

—Vale —dije—, tú estás sentado ahí doblando la cuchara y molando mogollón. Y yo te miro y flipo, claro.

—Exactamente.

—Vale.

Hice un esfuerzo para imaginarme la escena, pero no conseguía entrar en la habitación. No sabría muy bien explicarlo, pero era como si me costase salir de este mundo para entrar en otro, para entrar en un mundo imaginado.

—Uhm, me cuesta mucho meterme en el papel… —admití.

—¿En serio? —Esta vez parecía perplejo—. ¿Cuándo fue la última vez que imaginaste algo?

—Oh, todo el tiempo, lo hago constantemente. Imagino cosas continuamente. Generalmente son cosas negativas, cosas que pueden salir mal, decisiones que se pueden torcer… También imagino sobre otras personas, normalmente cosas malas…

Me sentía mal a medida que las palabras salían de mi boca.

—¿En serio? —dijo el muñeco mirándome fijamente—. Eres un tipo muy extraño.

—Supongo que eso está fuera de toda duda.

Nos quedamos mirándonos.

—Venga. Haz un esfuerzo —dijo—. Yo soy el niño y estoy sentado delante de ti, y la cuchara se dobla en mi mano como si fuera de goma.

—De acuerdo.

A pesar de que me costaba compartir su excitación, traté de imaginar la situación. Un muñeco azul de medio metro estaba delante de mí sujetando una cuchara. En su mano, la cuchara parecía de goma y bailaba al compás de una música que no se podía oír.

Sin querer, salí de nuevo de la escena para volver a poner la vista sobre la cuchara. Parecía el objeto más indeformable del Universo. Era duro, tosco, sólido, recio. Parecía mi padre pero con menos pelo. Se me antojó imposible doblar aquello.

—Has vuelto al mundo real —dijo con tono de voz grave.

—Ya lo sé, ya me doy cuenta. Lo siento. Hagámoslo otra vez.

Me ofreció la cuchara. Yo la cogí. Ahora tenía la cuchara en mi mano y la miraba. Al fondo veía los enormes ojos del muñeco que me observaban fijamente, difuminados en segundo plano.

—No intentes doblar la cuchara —dijo lentamente—. Eso es imposible. En vez de eso sólo trata de comprender la verdad.

—¿Qué verdad? —dije.

—Que no hay cuchara.

—¿No hay cuchara? —respondí.

—Si lo haces, verás que no es la cuchara la que se dobla, sino tú mismo.

Miré la cuchara fijamente. Realmente había conseguido meterme en el papel. Sentía que la cuchara se doblaría de un momento a otro, pero no lo hizo. Avancé lentamente el índice de la mano izquierda hacia la punta de la cuchara. Estaba convencido de que ésta se doblaría en cuanto la tocara, pero no lo hizo. Debo confesar que quedé decepcionado. Miré al muñeco. Sonreía.

—No te preocupes. Lo has hecho muy bien —dijo.

Dejé la cuchara sobre la mesa. Es curioso, pero de algún modo tenía un aspecto diferente al de hacía unos minutos. Yo debía de aparentar una desolación extrema, porque el muñeco me puso una manecilla de felpa sobre el brazo y, mirándome a los ojos, dijo con una voz suave:

—Tranquilo… Todo está bien.

—Todo está bien— repetí para mí mismo. Me gustaban aquellas palabras.

Reparé en una pequeña hormiga caminando distraidamente cerca de la cuchara. Hizo un par de eses y se metió debajo del ordenador. Si entraba en las tripas del aparato podría fundir alguna pieza, y entonces yo perdería un montón de cosas y además tendría que comprarme otro ordenador y…

Vaya, lo estaba haciendo de nuevo. Estaba imaginando desgracias. Si tan sólo pudiera redirigir ese enorme poder.

El muñeco pareció no reparar en mis silenciosas tribulaciones. La hormiga volvió a asomar por la parte inferior del ordenador, después volvió a esconderse y luego volvió a salir para empezar a pasearse sobre el teclado. La dejé hacer.

Suspiré y miré al muñeco. Tenía una sonrisa en la cara.

—¿Lo conseguiré hacer? ¿Conseguiré doblar la cuchara?

—No lo sé —contestó—. Es algo que sólo tú puedes saber. Quizá no estés buscando doblar una cuchara, sino obtener una respuesta.

Caray con el muñeco. Se le había subido el rollo Matrix a la cabeza.

—Me tengo que ir —dijo de repente bajándose de la silla.

Caminó torpemente hasta la puerta.

Había sido divertido y también había aprendido mucho sobre las cosas. Jamás hubiera pensado que un muñeco me pudiera enseñar tanto. Le iba a proponer la idea de salir una noche por ahí a tomar algo o montar una academia cuando me di cuenta de que ni siquiera sabía si nos volveríamos a ver.

—¿Nos volveremos a ver? —pregunté apresuradamente.

—¿Tú que crees?

—Yo creo que sí —dije firmemente, aunque ni siquiera sabía por qué.

—Muy bien —dijo—. Crees que sí. Ahora espera a ver qué sucede. Y después… ata cabos.

Empezó a girar sobre sí mismo cuando me oí pronunciar unas palabras.

—Gracias.

El muñeco azul parecía confuso.

—¿Gracias? ¿Por qué?

Quedé un momento en silencio.

—Gracias por hacerme soñar —le dije.

Sonrió e hizo un pequeño gesto con la cabeza. Si hubiera llevado un sobrero se hubiera tocado el ala por la parte de delante. Después se dio media vuelta y se marchó caminando por el pasillo. El sonido de sus zapatitos sobre las baldosas no tardó en extinguirse.

Cogí la cuchara y la sostuve entre mis manos.

—No hay cuchara —me dije.

Un momento. ¿Había habido siquiera muñeco?

Aquel fue un curioso momento espejo.

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Comentarios

¿Por qué coño leeré tus primeros párrafos?
Haces que no consiga cambiar de pestaña ni de ventana.

Un misántropo
Filosofía comentada
Blues-Blues

Debe ser el efecto hipnótico. Hay algo de tu ser que te pide que sigas ahí.

No suelo postear, aunque leo esta pagina desde hace años. Al leer esta entrada no pude evitar hacer una comparación con “el principito” logicamente, aunque con un toque muy personal .Esa mezcla del principito con ese humor tan original han quedado muy pero que muy bien, quizá se note en exceso el parecido con el principito (tardé 3 lineas tras el comienzo de los dialogos en recordar el principito)

Muy buen texto

…ya me he desvelado, adiós al tema 23 que estaba repasando… Me ha enganchado joder. Me he imaginado la escena, he visto la cara del muñeco. Ahora cualquiera estudia.

Nada es verdad, nada es mentira: todo depende del color del cristal con que se mira.

¿El número 23? ;)


Ta otro post…
Marcos (cualquier parecido con la coincidencia es pura realidad)

… a mi me parece muy interesante la respuesta de Ray Bradbury, algo así como: “si no escribo el mundo me da alcance”

Hola, me ha alegrado el dia tu historia, ya me da igual el día gris que hace, solo veo muñecos de felpa azules por todos lados, xD.

A seguir bien.

NaCl u2

Estamos tan cientificados (¿este palabro existe?) que creemos saber si hay o no cuchara por medio de una respuesta. Pero lo interesante está en la pregunta.

La respuesta a si hay o no una cuchara es fácil: Wu para los chinos, Mu para los japoneses y Vô en Vietnam.

I seek not to know only the answers, but to understand the questions…

Así empezaba una de mis series favoritas, Kung-Fu. Eso es lo que me vino a la mente al leer esto. Y sí, ya se que estoy comentando algo de hace un año. Me da igual.

Sed felices…

Manu