Copenhague era, de todas las ciudades que íbamos a visitar, la menos bárbara. En contacto directo con Alemania, parecía sobre el papel la que más cerca se encuentra de la civilización.
Nuestro primer hotel estaba de lleno en contacto directo con la zona de putas. A sólo una manzana de la estación de tren, alrededor de nuestra primera base operativa se desperdigaban una docena de night clubs en torno a los que giraba una fauna ciertamente peculiar. Paquito dijo que quería ir a un table dance, pero al final no encontramos ningún lugar en el que no pareciera que iban a traficar con nuestros órganos.
La habitación del hotel constaba de lo que considero imprescindible: cama (no sofá-cama ni variaciones) y un lavabo. Soy de los que no piden demasiado. Tanto cagadero como duchas eran compartidas con el resto del piso. No es algo que me encante, pero puedo sobrevivir. Un ejemplo de las cosas de las que disponíamos y sin las que podría haber pasado era la televisión.
Paquito tardó un minuto en localizar el canal porno, y cinco segundo en darse cuenta de que era de pago. Transcurrido ese tiempo aparecía un cartelito que convidaba a rascarse el bolsillo. Sin embargo, el tesón y el empeño suplen todas las adversidades, y no tardó en descubrir que si se cambiaba de canal y se retornaba al porno sin abusar, uno conseguía vidas infinitas.
Para cuando dejamos el hotel, Paquito había visto ya completas las dos películas que el hotel ponía a disposición de los clientes. Arte moderno en secuencias de cinco segundos.
La primera noche no sabíamos exactamente a qué hora podríamos dejar el hotel porque esperábamos la aparición del Juli sobre la medianoche. Llegar directamente al país de destino habría sido demasiado fácil para él, así que el Juli aterrizaba en Suecia y tenía que llegar en tren al país de al lado. Por el camino podía suceder cualquier cosa. Para hacer tiempo sacamos las botellas de las maletas y nos pusimos cómodos.
El calor en el hotel era insoportable. Ratuza y yo nos quitamos las camisetas y Paquito se quedó en calzoncillos “Homer”. Empezamos a tomar unos copazos para ir poniéndonos a tono mientras aprendíamos danés viendo porno subtitulado.
La escena era tremenda. Ratuza y yo, con barba de cuatro días y sin camiseta, trasegando aguardiente en los vasos de lavarse los dientes. Paquito sujetaba una botella de whisky entre las manos, de la que iba dando chupitos como si de la teta materna se tratara. Al cabo de cinco minutos acabó por encontrar la posición fetal, y sólo se movía para pedir un poco de Cola-loca con la que aclararse la garganta. Entre las brumas del tabaco, una rubia de tetas gomosas se lo montaba con el fontanero o el deshollinador. Aquello no parecía la habitación de un hotel, sino la sala de máquinas de un carguero ruso en algún lugar del Báltico.
Como se hizo la una, el Juli no llegaba, y empezábamos a entender el danés escrito, decidimos que lo mejor iba a ser salir a la calle a tomar algo. A partir de ahí la niebla se apodera de mi memoria. Sólo recuerdo que a eso de las tres de la mañana abracé al Juli que, después de un día de curro, un viaje en avión y una odisea en tren y autobús de repuesto, venía fresco como una rosa en comparación conmigo. Me gritó en el oído:
—Antes quedábamos en el bar Manolo. Ahora en la puerta de un garito de moda en Copenhague.
Me hizo sentirme un tipo de mundo. Con aquella castaña me podía haber sentido como una vedette que tocaba el banjo para la resistencia francesa en plena segunda guerra mundial, pero me dio por lo del tipo de mundo.
Uno de los planes estrella para el día siguiente era visitar el Tívoli, que dicen que es el parque de atracciones más antiguo de Europa. El sol de la mañana lucía pleno y dimos una vuelta por el parque, pero nadie se atrevió a subir a nada. Tal era la resaca que hasta la atracción de pescar patitos amarillos con una caña me revolvía las tripas. Paseamos por la ciudad.
Lo que más llama la atención es la espectacular infraestructura de carril bici. Todas las calles tienen una amplia vía expresamente para bicicletas, y además la gente las utiliza de forma masiva. Se puede llegar a cualquier lugar utilizando estos vehículos de una manera segura y civilizada. El tráfico de coches era fluido en cualquier lugar e incluso inexistente en algunas zonas. Es algo impresionante. No vimos nada igual en el resto del periplo.
Copenhague es una ciudad no demasiado grande para ser una capital europea. Las únicas cosas especiales a ver son la sirenita, el canal, el Tívoli y el barrio hippy en el que venden cigarritos de la risa. Las cosas están bastante sucias, al menos en comparación con lo que se estila en el sur de Alemania, donde en algunas calles se podría comer del suelo.
El barrio de los cigarros de la risa decidimos descartarlo del itinerario ya que no hubo unanimidad.
El canal es bastante espectacular. Al caer la tarde la gente se reúne junto a él para hacer botellón. Está muy animado y viene a ser como la zona de marcha de la ciudad. Supongo que la visita es obligada.
La sirenita es como El Señor de los Anillos el día del estreno: has oído hablar tanto de ella que esperas que al verla te salga pelo en el pecho o te crezca el nabo. Evidentemente, ni una cosa ni la otra. La sirenita está cañón, pero si tiene que haber algo que te haga crecer el nabo, seguramente lo verás por el camino.
Las danesas están en general, tremendas. El problema es que quedan demasiado cerca de Europa y por tanto la historia les ha ido despojando del pelo rubio de serie y los rasgos exóticos.
En cualquier caso, el fin de semana que pasamos allí fue un sinvivir. Ciervas en bicicleta circulaban por cada calle a ritmo de media docena por minuto. Parecía que como si algún artilugio del ayuntamiento las fuera soltando desde un cargador al doblar la esquina. Rubias, morenas, altas, más altas, en falda, en pantalones cortos…
Entre semejante espectáculo y las sesiones de porno al llegar al hotel, cuando el lunes enfilamos rumbo a Noruega yo ya notaba una incómoda opresión en el bajo vientre.