El sentido de la vida: la muerte.
El teléfono estaba sonando. Abrí los ojos. La luz entraba tenuemente por la puerta abierta de mi habitación. Era domingo y debía de ser temprano, así que el timbre del teléfono no hacía presagiar nada bueno. Me levanté con las tripas encogidas.
Al otro lado de la línea escuché la voz de mi padre. Supe inmediatamente que algo realmente malo acababa de suceder.
—Cógete un taxi y ven para aquí —dijo, y a continuación su voz se quebró—: tu madre ha muerto.
Las palabras me cayeron como un mazazo. Sentí que no era posible, que se trataba de algún tipo de malentendido. Se habría traspapelado algún formulario. Habría algún tipo de explicación. Todo quedó en silencio en mi interior.
—Cógete un taxi, no cojas la moto —repitió mi padre un par de veces más.
Me metí en la ducha y rompí a llorar. Mis lamentos resonaron en la quietud del domingo por la mañana. Estaba hecho añicos. Y me seguía rompiendo. Pero tenía cosas que hacer.
Cogí la moto y enfilé rumbo a casa de mis padres. Por el camino, amargas lágrimas brotaron en mis ojos mientras encajaba como podía la nueva situación, completamente inesperada para mí. Me concentraba en conducir y en mantenerme sobre el vehículo entre las brumas de mi visión. Aún así me alegré de haber decidido coger la moto: así podía llorar tranquilamente en la intimidad de mi casco. Mi madre se había ido.
Cuando llegué a casa de mis padres, allí estaban mis tíos y varias primas mías. Aquello parecía un velatorio, lo cual era bastante apropiado para la situación. En circunstancias normales es complicado reunir a más de cinco personas y conseguir que se callen. En aquellos momentos el silencio se podía cortar con un serrucho y hubiera seguido siendo silencioso.
Mi padre me dijo que mi madre estaba en el que había sido su despachito. Con el alma congojada, entré en la habitación.
Si hay algo que he descubierto en los últimos años es que es muy diferente imaginar algo que vivirlo. Es diferente hacerse una idea que sumergirse en la experiencia que esa idea representa. A lo largo de aquella mañana yo me había hecho a la idea de que mi madre había muerto. Ahora lo sabía. Lo estaba viendo. Lo estaba oyendo. De alguna manera más allá de las palabras, lo estaba sintiendo. Era la experiencia real de lo que había anticipado en mi mente. La gravedad cambió en aquel lugar cuando entré con pasos de plomo.
Allí estaba ella, tumbada sobre la cama enfundada en su pijama y envuelta en su batín azul. Un pañuelo alrededor de su cabeza sostenía la mandíbula en su lugar, como si no hubiera muerto de complicaciones de un cáncer de páncreas sino de un letal dolor de muelas.
Me acerqué y la besé en la frente. Estaba fría, y me sobresalté. Sabía que los cadáveres están fríos. La lógica, la razón y mis rudimentarios conocimientos de estados físicos de la materia no impidieron que un escalofrío me recorriera de arriba a abajo. Mi madre estaba muerta. Podría haber leído cien libros sobre el tema y la misma sensación me hubiera electrizado. La vida necesita ser vivida.
Tomé una silla y me senté frente a la cama. Quería empaparme de aquella experiencia, por doloroso que me resultara. Quería vivirlo con intensidad. Desde hace nueve años escribo un blog sobre el sentido de la vida. Aunque había visto la muerte en otras ocasiones, nunca la había sentido tan cercana, nunca me había cogido las tripas y había apretado. Era una oportunidad extraordinaria para aprender algo importante.
Era el primer cadaver que veía en mi vida, al menos tan de cerca. Vivimos en una sociedad en la que el sexo es tabú, y la muerte es triple tanto de palabra. Vivimos como si fuéramos a vivir para siempre, cuando la muerte es condición necesaria e indispensable. Aproveché para empaparme de ella. Me serviría para vivir más intensamente.
Mi madre estaba absurdamente quieta. Su aspecto era irreal. Me di cuenta de que hay algo muy diferente entre estar muerto y estar dormido, aunque en ambos casos uno esté inmóvil sobre una cama. Era la respiración. Mi madre había dejado de respirar, y eso convertía la imagen en algo que me resultaba imposible de asimilar. Ahora era como un cuadro o una silla. Un objeto material. Algo casi imperceptible como el hecho de respirar nos dotaba a los humanos de una cualidad que rezumaba vitalidad. Quizá se tratara de algo más difícil de percibir todavía: el latido de un corazón.
Me di cuenta de que había algo que había dejado de estar allí. Llámalo como quieras; una energía, una sutil vibración, un alma, un espíritu. Ese algo que anima nuestros cuerpos físicos y que nos diferencia de los muebles. Una vitalidad. Lo que fuera que, en lo más profundo, había sido mi madre, esa esencia única y distintiva, ya no estaba allí. Se había marchado. Lo que allí quedaba era la carcasa, la vaina, el avatar. Esa otra parte había ya salido de allí. Para no volver. Y ese era el pensamiento más doloroso, la certeza de que, desde ese día, tendría que vivir para comprender el significado de dos sencillas palabras: nunca más.
Nunca más podría verla con vida. Nunca más podría volver a escuchar su voz. Nunca más podría tomar su mano o besarla en la frente. Nunca más. Este era el fin de aquel hilo de la historia de mi vida.
Me levanté y salí de la habitación. Mi padre me dijo que mi hermana estaba ya de camino desde Francia, así que llegaría hacia media tarde. Pensé en ella y en cómo habría encajado la noticia.
Creía que mi madre sobreviviría al cáncer. Había tenido que hacerme a la idea de su estado. Había tenido que creer en sus posibilidades. Era la mejor manera de ayudarla. En mi mente, había apuntalado ese pensamiento con muchos otros. Ahora debía enfrentarme a la realidad y pagar el precio por haber creído firmemente. Una parte de mí se había derrumbado, y ahora, con sus cascotes, debía empezar a reconstruir de una manera útil y beneficiosa.
Durante los últimos meses todo pareció ir bien. Las sesiones de quimio y radioterapia estaban siendo satisfactorias. Mi madre estaba físicamente débil, pero fuerte de espíritu. Se encontraba bien la mayor parte del tiempo. A veces yo comía con ella y con mi padre y después, mientras mi padre dormía su siesta, yo me sentaba con ella y le hacía una sesión de hipnosis en la que el tiempo volaba y ambos conectábamos de una manera en la que jamás me había sentido conectado con nadie antes. Aprendí mucho de aquellos ratos juntos. Todo iba bien.
Pero a mediados de Marzo empezó a encontrarse mal de repente. Empezó a vomitar y a rechazar hasta el agua. Le diagnosticaron una oclusión intenstinal de la que tuvieron que operarla días más tarde, y después cogió una neumonía hospitalaria de bacterias resabiadas. Se empeñó en que le dieran el alta y se marchó a casa. Estaba ya tan débil que su respiración era muy pesada y apenas podía moverse por sí misma. Yo pensé que se recuperaría, que sólo era un bache. Dos días después, expiraría sentada en una mecedora en la cocina de su casa, el lugar que eligió para morir, en el centro neurálgico de su propio reino, donde durante años nos alimentó y nos vio crecer, donde durante años conversamos largamente sobre cientos de temas diferentes. Ahora, nunca más.
Llegó el de las pompas fúnebres, sacó un iPad y empezó el papeleo. Tres semanas después no ha hecho más que crecer y complicarse. Una de las ventajas de morirse debe de ser que uno se libra de todo lo que implica desaparecer del sistema. No tiene que pensar en esquelas, ni en certificados de defunción, ni en cuadernos particionales ni en otro ciento de cosas. La muerte le libra a uno de todo protocolo burocrático. No hay papeles que firmar ni facturas que pagar ni abogados que visitar. La muerte es fácil; sólo hay que morir.
Mi hermana llegó y dijo que quería ver a mi madre, así que aquella misma tarde fuimos al tanatorio. Nos abrieron la sala y entramos. Había un cristal tras el cual había una especie de cortina gris. Mi hermana pulsó el botón que hizo que comenzara a ascender, y allí estaba mi madre tumbadita en el ataúd. Me seguía resultando imposible concebir aquello. De alguna manera podía ver a mi madre sacarnos la lengua y empezar a reír. Después abriría los ojos y nos diría “¡Es broma!”. Pero no era broma. No sacó la lengua ni rió ni dijo nada. Simplemente permaneció allí inerme, muerta. Mi hermana rompió a llorar desconsoladamente y yo fui detrás. Ahora éramos medio huérfanos. Para muchas cosas, nunca más. Una parte enorme e insustituible de nuestras vidas se había volatilizado súbitamente. Nunca más.
La familia había quedado cercenada, mutilada. Los tres nos sentíamos como si nos hubieran arrancado una parte de las entrañas. Había algo que había permanecido con nosotros durante toda nuestra vida y ahora alguien nos lo había extirpado. De sopetón y sin anestesia.
Dicen que en el duelo se experimenta dolor. No lo viví yo así. No era dolor, era otra cosa. Todavía no he inventado la palabra para eso, y no creo que exista. Yo lo resumí en dos palabras: “Puta mierda”. Sé que no es muy expresivo, pero me hacía sentir mejor y sobrellevar su ausencia, así que “puta mierda” se convirtió en mi mantra para los siguientes días. Puta mierda.
Empecé a llamar a mis amigos. La madre de uno de mis mejores amigos murió hace ya muchos años, y todavía hoy recuerdo su voz quebrada al teléfono dándome la noticia. Esta vez era mi turno. Poco sabía yo de lo que se siente exactamente. Esta vez pude saber.
Hicimos una pequeña ceremonia de despedida en el crematorio. Mi padre me preguntó el día anterior si quería decir algo durante la misma, y sentí la certeza de que sí. No sabía qué diría, no sabía cómo lo haría, pero sentí que quería decir algo. Sentí la certeza certeramente, como pocas veces la siento. Continuaba aprendiendo sobre mí.
Acudieron decenas de personas. Es lo que me gusta de los entierros. Son una oportunidad para volver a encontrarme con todos aquellos de los que, por un motivo u otro, me he ido alejando en la vida. Cada uno recorre su propio camino, y los entierros son cruces de caminos en los que de nuevo muchas líneas vuelven a confluir por un instante en el espacio. Pude reírme y bromear, y durante algunos momentos aliviar mi tremendo pesar. Me alegré de muchos reencuentros.
Encontré a la que fue mi profesora de lenguaje en el colegio, y pude agradecerle el haber despertado mi interés por la escritura. Le conté la primera redacción de texto que nos puso, cómo había disfrutado durante su confección y cómo el diez que me puso más tarde me hizo pensar que quizá aquello fuera lo mío. Después de aquel diez vinieron unos cuantos más, y desde entonces escribo, y escribo y escribo. Es algo que se ha convertido en una parte más de mí, en ocasiones como esta una imperiosa necesidad. Es parte de cómo proceso e integro las experiencias que vivo.
Pesar, pesar es la palabra que más se acerca a lo que experimenté durante aquellos días. Son momentos en los que literalmente cambia la gravedad. Uno recuerda qué es lo que le hace sentir vivo, y lo hace con indiscutible certeza. Cambia el peso de las cosas. Cambian las prioridades. Lo importante se distingue claramente de lo ridículamente irrisorio. Es un buen momento para conocerse un poco más a uno mismo.
La señora que conducía la ceremonia terminó de leer un poema que ni siquiera oí. Estaba mirando el ataud. Estaba empapándome de todas aquellas sensaciones. Era un instante que quería recordar para siempre. Mi madre me había hecho el regalo de recordarme que seguía vivo, y quería atesorar ese regalo. Quería poder levantarme cada mañana recordando que era un día nuevo, y que hiciera sol o tronara, era una nueva oportunidad de vivir un nuevo día en este planeta, de seguir evolucionando.
Me levanté desde el banco y caminé hacia el estrado. Cuando miré la sala encontré cien caras que me miraban a mí. Tenía toda su atención, así que, como pude, empecé a hablar.
Quise transmitir el recuerdo de mi madre, su esencia, el significado que para mí había tenido su vida, y lo que de ella había, sin saberlo, aprendido. Mi madre nos había criado a mi hermana y a mí. Había sido la mujer de mi padre durante cuarenta años. Había desempeñado el oficio de esposa y de madre. Era su primera vez y a nadie le enseñan a esto. Yo era la prueba viviente de su trabajo. De ella había aprendido el valor de la dedicación y del sacrificio, entendido como un acto sagrado, una entrega a algo que va más allá de uno mismo. Trascendencia. Era mi responsabilidad continuar con su legado.
Conté lo que había experimentado al presenciar su cadáver, esa sensación de que ese cuerpo era solamente una carcasa, y que ese algo que lo animaba ya se había marchado. Mi madre había dejado de existir físicamente. Ya no podía verla, oírla o sentirla fuera de mí, pero de alguna manera sentía que mi madre continuaba viva en mi interior, que continuaba viviendo en mí. Desde entonces iría conmigo a todas partes. Era una extraña certeza a la que todavía me estoy acostumbrando. Estamos hablando de la vida y la muerte. Todo lo que se me ocurre se puede resumir, como otras tantas cosas durante estos días, en dos palabras: quién sabe.
Me tembló la voz. Me temblaron las piernas y la mitad de los músculos del cuerpo, pero lo hice. Cuando terminó la ceremonia, la señora que dirigió el proceso se acercó para felicitarme. Me dijo que había descrito muy bien esa sensación que, según dijo, mucha gente siente. Después de tantos años, poner palabras a las cosas es algo que se me da bien.
Poco a poco me fui despidiendo de todos, y los caminantes volvieron a partir en sus caminos, quizá hasta la próxima ceremonia. Entonces quedamos mi padre, mi hermana y yo. Afortundamente, JC, mi cuñado francés de facto, permaneció unos días más con nosotros. Hicimos una piña compacta y nos apuntalamos los unos a los otros.
Queríamos arrojar las cenizas al mar. Los tiempos avanzan que es una barbaridad y ahora hacen urnas biodegradables, de manera que las cenizas pueden tirarse al mar urna incluida. Esto nos daba nuevas opciones.
Unos días más tarde tomamos el coche y pusimos rumbo al cabo de la Nao. Allí exploramos la costa y buscamos un lugar que encontráramos apropiado. Nos asomamos a un muro. Un escarpado acantilado se extendía ante nosotros.
—Desde aquí necesitaremos una catapulta —le dije a mi hermana.
El humor fue nuestra tabla de salvación durante aquellos días. Lo sigue siendo.
Finalmente encontramos un lugar desde el que podíamos dejar caer la urna en vertical desde una altura de 120 metros. Ninguno de nosotros pensó que aquello fuera una buena idea, así que retornamos con las cenizas de mi madre resolviendo que esperaríamos al verano, cuando unos familiares nos dejarían un barco y depositaríamos las cenizas en alta mar. Ahora mi madre reposa sobre la mesa de su pequeño despacho, a la espera de que llegue el día en que regrese al mar.
Puta mierda. Se fue demasiado pronto. O quizá no. Quién sabe.
Hay algo curioso en este trance. La muerte es uno de esos pocos momentos en que todos los tópicos son aplicables. Todo lo que uno diga al respecto encaja. Todas las frases que se dicen en estas ocasiones suenan apropiadas. Todo confluye.
Sólo queda ahora encontrar las que me encajen a mí, las que lo doten de sentido, las que me hagan más fuerte y más flexible. Las que me hagan crecer como humano.
Gracias, mamá, por todo lo que sin darme me diste. Gracias por todo lo que aprendí de ti. Gracias por darme la oportunidad de vivir, de nacer de ti y de disfrutar de tu compañía durante tantos años.
Sigues viajando conmigo.
- Inicie sesión para comentar
Comentarios
Daniel Villa
Lun, 30/04/2012 - 10:11
Enlace permanente
Gracias
Increíble Javier.
Llevo tiempo leyéndote en tu otra página. Nunca antes había pensado en comentar ninguno de tus textos. Hoy lo quería hacer para darte las gracias por compartir tus vivencias, tus ideas, tus pensamientos y sentimientos… conmigo.
Cada párrafo que te leo me da fuerzas, me anima, me transmite la alegría y coraje para vivir. Con este texto esas sensaciones se han multiplicado por mil.
Muchas gracias y mucho ánimo.
Un fuerte abrazo,
Dani.
gramirez
Lun, 30/04/2012 - 10:36
Enlace permanente
Mis condolencias…
Mis condolencias…
Cuando los seres queridos ya no están es cuando un puede demostrarse lo que uno ha aprendido de ellos.
stivi
Lun, 30/04/2012 - 11:46
Enlace permanente
Lo siento
Lo siento mucho, perder a alguien tan cercano es algo muy duro.
Al principio cuesta hacerse a la idea que ya no podrás estar nunca más con esa persona, no puede ser, no a ella, se debe tratar de una broma de mal gusto, pero no, finalmente ves que es muy real.
Muchas gracias por todo y ánimos.
napo
Lun, 30/04/2012 - 11:52
Enlace permanente
Lo siento...
Javier, lo siento muchísimo, de todo corazón.
Mucho ánimo y un abrazo fuerte,
David
jorge32es
Lun, 30/04/2012 - 12:24
Enlace permanente
"Puta mierda"
En mi caso fue “asco de vida”. Lo dices y te relaja, pero solamente a medida que pasa el tiempo logras sentir que la opresión disminuye.
Es un viaje que hay que hacer, tarde o temprano todos pasamos por enterrar a alguien querido. Nunca se esta preparado para ello pero una cosa es cierta: al final pasa.
Ahora te parecerá imposible imaginarlo pero un día ese dolor interior se irá y te quedará el gusto de recordar los mejores momentos. Y lo mejor de todo es que podrás recordar sin que te duela.
Suerte y ánimo
k0fy_chaos
Sáb, 12/05/2012 - 02:25
Enlace permanente
[re] puta mierda
Hace bastante que no te leo, entro y me topo con esto.
“puta mierda”, “asco de vida”… la frase es lo de menos, supongo que es catarsis.
Personalmente no se que decir en estos casos; para mi un “lo siento” no tiene sentido, aun con las mejores intensiones. Supongo que la culpa es de la semántica.
jorge32es tiene razón: el dolor pasa.
Gonzo, es curioso que menciones lo del humor; mi abuela cuando no podía dormir y había ruido en la casa gritaba “ya dejen dormir” (para el registro, mi abuela no estaba muy bien de la cabeza); cuando murió, mi hermana y yo la imitábamos en tono de burla. Supongo fue una catarsis.
Con mi padre fue distinto; no hubo bromas. Lo que mas recuerdo es una ocasión que llego con un panqué comprado en no se donde (medio quemado). Nunca entendí por que lo compró, no se celebraba nada.
Como digo, distinto; desde que entro al hospital sabíamos que iba derecho al valle de las calacas (sorry, mi humor negro); desde el principio nos dejó claro el doctor que no hay prótesis para interinos necrosados.
En estos casos solo copio y pego un texto que me gusta -siempre el mismo-
Desarraigados de la tierra que nos crió
traicionados por la tierra que encontramos,
donde los mejores partieron primero,
y casi todos los peores quedaron atrás…,
¡alzad, alzad los vasos, firmes!
Es todo lo que nos queda ya.
Un brindis por el que ya ha muerto…
¡y un hurra por el que morirá!
BARTHOLOMEW DOWLING
ps:calacas = esqueletos
CSR
Lun, 30/04/2012 - 12:44
Enlace permanente
Todo ese dolor se convertirá
Todo ese dolor se convertirá en fortaleza y serenidad. Tu mirada no volverá a ser la misma, pronto verás más y mejor que nunca.
Un abrazo Javi, y ánimos a todos.
xmariachi
Lun, 30/04/2012 - 13:03
Enlace permanente
Alexandra Leaving
Lo siento Javier.
Llevo casi toda la semana escuchando esta canción: Alexandra Leaving de Leonard Cohen…
As someone long prepared for the occasion
In full command of every plan you wrecked
Do not choose a coward’s explanation
that hides behind the cause and the effect.
And you who were bewildered by a meaning
Whose code was broken, crucifix uncrossed
Say goodbye to Alexandra leaving.
Then say goodbye to Alexandra lost.
Espero te ayude.
vicens_vives
Lun, 30/04/2012 - 14:10
Enlace permanente
Lo siento Javier.
Lo siento Javier.
El tiempo todo lo cura. Un abrazo.
XTReX
Lun, 30/04/2012 - 14:16
Enlace permanente
Ella está en ti...
Y tú en nosotros.
Y nosotros contigo.
winniwinni
Lun, 30/04/2012 - 15:45
Enlace permanente
Ánimo
Su alma está en ti, y tú en nosotros, transformándonos juntos con amor y bondad.
Gracias por estar ahí, seguimos viajando contigo.
lanbo
Lun, 30/04/2012 - 15:46
Enlace permanente
Un abrazo.
Un abrazo a ti y a tu familia. Cuidaos.
Avellaneda
Lun, 30/04/2012 - 15:59
Enlace permanente
Ánimo
Abrazos y mucha fuerza, Javier.
meab21
Lun, 30/04/2012 - 22:49
Enlace permanente
Mi mas sentido pésame
Tengo leyéndote desde que eras divertido Lo siento, pero se extrañan mucho esas entradas que me hacían doblarme de risa en tus muy humildes comienzos hace mas de 8 años. Lamento saber que te ha ocurrido algo muy triste en tu vida pero nunca dejes que esto aniquile tu buen humor, que ya lo noto muy deteriorado. Ánimo, es horrible perder a un ser querido y mas el hacerse a la idea que jamás lo volverás a ver pero siempre persiste en nuestra memoria.
Un abrazo transatlántico de un amigo que tiene años leyendote.
diiieck
Mar, 01/05/2012 - 00:02
Enlace permanente
Ánimo
Mi más sentido pésame Javi, un abrazo y mucho ánimo a ti a y a tu familia.
raulosan
Mar, 01/05/2012 - 00:50
Enlace permanente
Lo siento mucho
Un abrazo.
togacap
Mar, 01/05/2012 - 10:38
Enlace permanente
Es duro decir adios aun mas
Es duro decir adios aun mas cuando es para siempre. Comparto tu tristeza y te envio mi animo.
Evasiva
Mar, 01/05/2012 - 13:25
Enlace permanente
Te acompañamos a distancia.
Distancia que, en este caso, acerca y no separa. Ojalá sientas nuestro apoyo, que es lo único que podemos darte ahora. Seguimos adelante.
lisa444
Mar, 01/05/2012 - 16:23
Enlace permanente
Lo siento mucho
Lo he pasado fatal leyendo esta entrada, me ha llegado hasta la médula. Ha sido una de esas veces en las que leo algo tuyo que hace una especie de “crack” interno que me descoloca. Sólo quiero darte mi apoyo y decirte que admiro tu entereza y tu capacidad de adaptación a todo lo que se va presentando. Supongo que ahora pasarás por ese proceso que llaman “duelo”, y que nadie puede compartir porque cada pérdida es única para el que la experimenta. Lo bueno es que del proceso se sacan cosas muy buenas que ayudan a evolucionar, y eso es, al fin y al cabo, por lo que estamos aquí.
Un abrazo.
mingus
Mar, 01/05/2012 - 22:45
Enlace permanente
Nunca me entristeció tanto
Nunca me entristeció tanto comprobar que habías actualizado este blog, que ya creía extinto.
Y no hay más que decirte que recibas un abrazo enorme de mi parte, ya que me permito el lujo de considerarte un ‘colega’ después de tantos años leyéndote.
Jaar
Mié, 02/05/2012 - 13:10
Enlace permanente
Mis condolencias.
Mis condolencias.
Jaimemarlow
Mié, 02/05/2012 - 16:17
Enlace permanente
Lo siento mucho.
Un abrazo.
terminus
Mié, 02/05/2012 - 16:47
Enlace permanente
Lo siento mucho.
Lo siento mucho.
Peteto
Mié, 02/05/2012 - 18:27
Enlace permanente
El sentido de la vida
Al igual que mucha gente aquí, llevo años leyéndote sin animarme a comentar. Lo hago ahora para agradecerte cada vez que me has hecho reir, cada vez que me has hecho pensar, cada vez que me has ensanchado el alma, cada vez que me has enseñado cosas nuevas y en definitiva, cada vez que consigues que éste mundo sea un poquito más grande para mí. Gracias de corazón.
De verás que lamenté mucho leer ésta noticia, pero si algo en ésta vida tiene algún sentido, estoy convencido de que al final todos nos acabaremos reencontrando. Ese es, al menos, mi consuelo. Mucho ánimo, Javier.
FER ESTOICO
Mié, 02/05/2012 - 19:37
Enlace permanente
Lecciones de la vida.
Me imaginaba que tanto tiempo sin leer nada nuevo tuyo era sinónimo de lucha y también, inocente de mi, de victoria. Cuanto más tiempo pasaba sin noticias, más cerca veía el triunfo.
Nunca esperé que volver a leerte seria derrota y dolor.
Ahora eres más sabio, ya nadie te tendrá que contar que se siente.
¡ANIMO!
LalaAround
Mié, 02/05/2012 - 20:59
Enlace permanente
Lo siento mucho, Javi. : (
Lo siento mucho, Javi. : (
Abrazo fuerte.
ghernaez
Vie, 04/05/2012 - 13:17
Enlace permanente
Lo siento Javier.
Lo siento Javier.
Como bien has dicho, tu madre sigue dentro de ti.
Un abrazo.
oxartum
Dom, 06/05/2012 - 04:04
Enlace permanente
Un abrazo muy fuerte, Javier.
Un abrazo muy fuerte, Javier.
Rubén Kan
Lun, 07/05/2012 - 22:30
Enlace permanente
eres un ejemplo
La primera vez que te leí, en la que fue “el peor día de (tu) vida”. Desde entonces te sigo fielmente
Esta, la primera que comento.
Me has hecho llorar, o he sido yo, quien sabe. Tener que coger aire a conciencia para poder seguir leyendo, y fuerzas para encontrar sentido de la vida en la muerte.
Tengo 25 años, no me ha dejado la mujer de mi vida, no ha muerto mi madre.
Y no tengo ninguna curiosidad por saber cual es la barrera que separa las cosas entre imaginarlas y vivirlas, ya de por si se pasa mal. Lo que si se, es que puedo aprender de tu subjetividad, tan común con mis miedos, por llamarlo de alguna manera.
Gracias, gracias por tu generosidad, por poder aprender de tus apuntes, por poner palabras a las cosas, más aún en momentos en los que quizás no sea cuando mas ganas tenemos de compartir nada.
un abrazo. Viajemos.
brtini
Mar, 08/05/2012 - 18:48
Enlace permanente
Siento lo de tu madre. Pero
Siento lo de tu madre. Pero como todo en esta vida, es momento de cambios. No estés triste porque sé que has aprovechado todos los momentos que has pasado con ella. No se puede hacer más.
Saludos
dudaman
Mié, 09/05/2012 - 20:25
Enlace permanente
Lo siento mucho, Javier. Un
Lo siento mucho, Javier. Un abrazo muy fuerte y muchos ánimos.
perito
Sáb, 12/05/2012 - 12:29
Enlace permanente
lo siento
lo siento
apoya a tu padre todo lo que puedas, necesitará un pilar ahora.
un abrazo
Perceban
Sáb, 12/05/2012 - 13:42
Enlace permanente
Esto te hará más fuerte
Lo primero es decirte que siento la pérdida de tu madre. Yo pasé por algo similar y muchos otros, y como dices no es lo mismo verlo que vivirlo. Pasará un tiempo hasta que empieces a acostumbrarte a la sensación de que te falta algo, de que te han extirpado algo sin pedirlo. Ahora debes seguir el proceso de duelo con toda naturalidad: llorar cuando tengas que llorar y permitirte sentir sin esconder, pero sin caer en el autocompadecimiento complaciente. Poco a poco te irás sintiendo mejor y cuando pases el duelo probablemente te sientas mucho más fuerte que antes.
Espero que el proceso no se te haga duro, ánimo
lotas
Mié, 16/05/2012 - 11:34
Enlace permanente
la cáscara vacía
Cuando falleció mi abuelo, que fue menguando en la cama de un hospital hasta quedar delgado como un pajarito con la cabeza perdida, tuve las mismas sensaciones, la diferencia sutil pero al mismo tiempo tan evidente entre alguien vivo y alguien muerto. La sensación de estar frente a un cascarón vacío. La sensación de que falta algo esencial y la fría certeza de que ese algo ha dejado de existir.
Doom87
Jue, 17/05/2012 - 01:25
Enlace permanente
Uff
Gracias por compartir las sensaciones, se queda uno sin palabras, la cosa es crecer como ser humano.
vico
Mar, 29/05/2012 - 14:28
Enlace permanente
Lo siento
Llevaba mucho tiempo sin meterme en tu página, y hoy me he acordado de tí. Me he preguntado cómo te iría la vida, qué estarías haciendo y si eras feliz, tristemente veo que has actualizado la página y que has perdido a tu madre.
La verdad es que he pasado un muy mal rato leyendo tu relato, lo cual me hace pensar en lo corta que es la vida, lo poco que la disfrutamos y en como malgastamos los momentos con nuestros seres queridos.
Javi, siento mucho la muerte de tu madre, es algo por lo que todavía no he pasado y que espero que tarde mucho en llegar, intentaré disfrutar más de ella. Y muchas gracias por este texto.
Un abrazo.