La mentira y yo

Salí por la puerta de la estación de Sants. Estaba nublado. Un chaval de unos veinte años, enjuto y aceitunado, me salió al paso.

—¿Hablas inglés? —preguntó en la lengua de Chéspir.

—Claro. Dime —contesté.

Me dijo que venía de Alemania, que estaba con unos amigos en un camping y que les habían robado todo, que habían ido a la policía y que la policía les había explicado que no estaban en disposición de hacer gran cosa. Después procedió, en una bella secuencia, a cagarse en los ladrones y en la policía, lo que me pareció bastante natural dadas las circunstancias. Yo no terminaba de ver cuál era mi lugar en el orden de las cosas, aunque en aquellos momentos me empezaba a hacer una idea.

Cambié al alemán y le pregunté de qué parte de Alemania era y qué estaba haciendo en España. Supongo que me apetecía hablar alemán, y eso fue mi perdición.

El chaval empezó a largar como una ametralladora. Que había venido con su hermano, y que su hermano le había dicho que tal, pero sus padres opinaban que cual. En cuestión de unos pocos segundos me vi inmerso en una surrealista historia personal que parecía no tener fin. El chico hablaba y hablaba sin parar. De toda su vida. A la vez. Salieron su hermano, sus padres, sus estudios. La cosa duró como un par de minutos, y me sentí paralizado, atrapado por mis propias normas personales de buena educación. No me atrevía a decirle que se callara, no me atrevía a largarme sin más. Necesitaba saber qué quería y si le podía ayudar de alguna forma, así que, unos dos minutos después, cuando se detuvo durante un instante para tomar aire y seguir expulsando palabras por la boca, le pregunté cómo le podía ayudar.

—Dame algo de dinero. Lo que puedas.

Hace poco escuché contar a un tipo que él no da nada a cambio de nada, así que cuando le piden un cigarro se apresura a explicarle al interlocutor los términos del acuerdo:

—Te daré un cigarro si me imitas a un cochino —dice.

Sencillo. Claro. Comprensible.

—Oink, oink —empieza el otro a imitar tímidamente a un cerdo.

—¡No! —dice él solemne levantando la mano—, quiero sentir que él animal está aquí mismo, conmigo.

Delirante. Yo debería haber hecho lo mismo en aquella ocasión, pero fue una de esas cosas que a uno se le ocurren después. Los franceses, que tienen nombres para todo, lo llaman “L’esprit de l’escalier”. A las tortas redondas las llaman crêpes, y al billar español lo llaman billar francés.

Saqué la billetera. Mi intuición, ese pasajero desconocido y al que rara vez suelo hacer caso, me decía que aquello era una mentira. Sin embargo había una posibilidad entre un millón de que su historia fuera cierta, y supongo que no quise correr el riesgo. En cualquier caso estaba seguro que el chaval podría sacarle partido a un poco de pasta, ya fuera para comer o para esnifar pegamento, que quizá fuera lo que venía de hacer a juzgar por su deslabazado discurso. Le di cinco euros y me despedí. Me largaba con mi mochila a Indonesia y cinco euros ni me iban ni me venían en aquel momento. Quise creer que había hecho algo bueno, y así eché a caminar.

Fast forward. Ha pasado Indonesia. Atrás quedaron los peces, las tortugas, el arroz, el pollo, la arena y el mar. Mi tren parte de Sants hacia Valencia en una hora, así que salgo de la estación a dar una vuelta. En cuanto pongo un pie en la acera alguien me llama la atención.

—Pst, pst —dice—. ¿Hablas inglés?

Me giro. Es un chaval moreno y aceitunado. No es posible, me digo, esto no puede estar sucediendo. Me siento en un bucle, como si el tiempo se hubiera doblado sobre sí mismo y lo único que hubiera cambiado fuera mi barba. Camino hacia él confuso pero curioso.

—Depende —le digo en inglés.

—¿Francés? —entiende él.

—No, digo que depende.

Le da igual lo que le diga. Tiene un objetivo en mente y no se detendrá ante nada. Suena la claqueta. Comienza la acción.

Es alemán, está en un camping con unos amigos y les han robado todas sus posesiones. Me enseña la misma hoja que me mostró en su momento. Levanto la mano para detenerlo y el chaval se calla. En el último mes debo de haber descubierto un extraño poder en mí capaz de detener apisonadoras.

—Hace justo un mes salí por esa misma puerta, me detuviste y me contaste exactamente la misma historia. Te di cinco euros.

—Pero… vengo de Hamburgo y me han robado —replica.

Me quedo mirándole sin decir nada. Al cabo de unos segundos vuelve a hablar:

—Bueno, si dices que me conoces…

Me doy media vuelta y me largo. Me siento bien. Me habían sucedido episodios así antes en la vida, pero esta vez había tenido la oportunidad de salir de dudas. Había tenido la oportunidad de comprobar que me habían mentido y de desenmascarar al embustero. Todo un lujo que rara vez se presenta en bandeja.

Si hay algo que no soporte, si hay algo que me encienda, si hay algo ante lo que he decidido mostrarme altamente inflexible e intransigente, es ante el engaño. Me esfuerzo todos los días en ser honesto, en explorarme sin tapujos, en encontrar dentro de mí más y más morralla que ni siquiera sé qué significa, en explicar detalladamente lo que creo que me sucede y en pedir claramente lo que necesito. Es un trabajo ingente que no termina nunca, que me exige coraje y que me expone a todo tipo de calificativos. Tengo que lidiar en el mundo que me rodea con una enorme resistencia por el mero hecho de decir las cosas como las veo y como son para mí, así que me creo en el derecho de exigir reciprocidad. En cada momento de mi vida necesito tomar decisiones importantes sobre cómo utilizar mi tiempo y mis energías, y preciso disponer de información clara y exacta sobre todo lo que me rodea, especialmente de las personas con las que trato. Si no eres honesto conmigo, tú y yo tenemos poco que hacer.

Si aquel chaval me hubiera parado y me hubiera dicho “Tío, necesito cinco euros para comprar pegamento, para jugar a las recreativas o para comerme un Kinder sorpresa”, se los hubiera dado por el mero hecho de valorar su sinceridad. Limpio, claro, transparente. Necesitas algo y a mí me sobra. Toma. Entre mis valores, la honestidad puntúa mucho más alto que el dinero.

Pero si vienes con historias, si mareas la perdiz, si pierdo el hilo y no pareces tener interés alguno en que lo recupere, si dejo de saber de qué estás hablando, si creo que me estás llevando a un lugar en el que no quiero estar, si por un momento tengo la sensación de que me estás manejando, si tengo la más mínima intuición de mentira, embuste o engaño, dejarás una mancha en mí que te va a costar sudor y lágrimas sacar, si es que alguna vez lo consigues.

Estás avisado.

Si me mientes, te mientes a ti y nos mientes a todos. Tu valor para mí es mínimo. La mentira es, entre otras cosas, lo que nos ha traído hasta este lamentable paraje. Yo ya hace tiempo que camino en otra dirección, y he decidido que sólo marcho con aquellos que lo valen.

Si estás contento donde estás, me parece cojonudo. Yo me largo. Y ahora elijo a aquellos que quieren compartir su tiempo conmigo y sólo miro hacia adelante.

Buena suerte.

Categorias:

Comentarios

Yo no sé que pasa, pero en estos dos últimos posts que has escrito desde tu vuelta de vacaciones me he sentido identificado con tus palabras como si fueran mías. Empiezo a asustarme, tío, hasta en las anécdotas me pasó algo parecido a tí. Verás:

Yo trabajaba antes en una gestoría. Todos los días iba a las calles Barcas y Sorolla (el centro financiero) a distintos bancos para pagar impuestos de trámites de gestión.
Un día, saliendo del BBVA, me paró un negro muy bien vestido y con muy buenas maneras.

El diálogo fue muy parecido al tuyo: me preguntó si hablaba inglés y empezó a contarme una movida de que era de Florida pero había venido aquí con un amigo que lo había dejado tirado y tenía que irse a Barcelona y bla bla bla… Total: Quería 20 pavos para un billete de tren. Yo no llevaba pasta encima (bueno, sí, pero del curro) y además la historia me olía a fake por todos los lados. Me intentó convencer:

-No, tranquilo, dame tus datos que yo te enviaré dinero y te recompensaré que yo tengo dinero que soy artista y bla bla bla (me enseñaba sus anillos de ¿oro? y se atusaba la preciosa camisa que le apretaba su musculado cuerpo de ébano para darse importancia)

Le intenté dar todo el dinero propio que llevaba encima, dos euros y poco. Me miró con desprecio y me dijo que él no estaba mendigando, que necesitaba 20 euros para el billete de tren, que tenía que irse urgente esa misma tarde y bla bla bla… presionaba bien, el muy cabrón, se le notaba curtido en el arte. Que confiara, que me los iba a devolver, él era artista y anillos de oro y bla bla bla…

Bien, acabó aceptando mis dos euros con mala cara y me fui de allí algo triste, porque aún tenía la duda de si era verdad o no. Pensaba que le podía haber algo más, no parecía, desde luego, ningún mendigo… pero no me dio buena espina. Y para bien o para mal, yo suelo guiarme por corazonadas, como Gallardón.

Total, que lo vi por el centro de Valencia durante las tres semanas siguientes SEIS veces más arrollando a jovencitas, ancianos, turistas… todo el que pillaba… y desde lejos, observaba impotente como se sacaban la cartera y le daban el dinero. Siempre iba muy bien vestido, con elegantes camisas y sus anillos y collares exóticos. Un día me crucé con él y ¡tacháaaan! me pasó igual que a ti. Tuvo la puta jeta de volver a pararme.

-¿Hablas inglés? ¿Un poco? Uff, que alivio, mira es que vengo de Florida a casa de una amigo pero es que… - no se molestó ni en cambiar el argumento.

-Oye, ¿tú no tenías que haber vuelto hace 3 semanas?

El semblante le cambió, los ojos se le abrieron como platos.

-Ehhh… oye, mira, da igual, da igual…-me dijo- no te preocupes.

Me hirvió la sangre de tal manera que llamé a gritos a una patrulla de locales que había a unos 50 metros (esto fue en la calle Colón) y el hijoputa del negro bien vestido echó a correr como alma que lleva el diablo.

Cuando los policías llegaron hasta mí les expliqué todo. Me dijeron que eso era bastante común y que no se podía hacer mucho, puesto que no era un hurto ni un robo, sino mendicidad… y además yo no podía probarlo. Le podían tomar los datos y advertirle, pero era muy difícil presentar cargos contra ese tipo de gente.

No quiero ni pensar la de pasta que habrá sacado a incautos como tú y como yo…

Y es que también me pasa lo mismo que te pasa a tí con las mentiras y los engaños. No puedo con eso, me supera, y quien me conoce personalmente sabe que soy muy tolerante en todo menos en eso. Ante una mentira saco lo peor de mí y soy capaz de volver a crucificar al mismo Jesús si me viene con milongas.

Perdón por el rollo de comentario, pero creo que esto le puede venir bien a la gente para que muchos estén prevenidos ante este tipo de gente, ya que no todos sabrán de su existencia y seguro que los hay repartidos por todos lados.

Estoy contentísimo de haber encontrado tu página y tus textos, ojalá hubiera más gente como tú. Por lo menos ya sé que en mi ciudad la hay.

Un afectuoso saludo.

Lo que más me indigna es que al final tengamos que meter a todos en el mismo saco cuando realmente hay alguien que lo necesita y no se lo puedo dar porque he sufrido alguna experiencia parecida. En plan de pedirme dinero para comer y yo misma ofrecerme a llevarle a un bar a por un bocadillo y una cerveza y rechazarlo.

Algo asi me pasa a mi con las mentiras… no creo nisiquiera en esas absurdas “mentiras piadosas”. Mi hermana siempre quiere que la acompañe a comprarse ropa pq dice que soy la única que le dice la verdad y sus amigas le dices que todo le queda bien.

Ya conocía este blog desde hace tiempo, supongo que nunca es tarde para comentar una entrada.

Saludos.

Txitxa

Agradezco tu esfuerzo. La historia es buena. Curioso ante mi desconocimiento lo de la policía: que no es delito evitable, viendo el asunto como mendicidad.

Los fines de semana me puedo sacar un sobresueldo con el único traje que tengo. Hoy tengo 2 historias buenas. Sólo tengo que aprender algún idioma y a contar mentiras tra la rá…

Vaya, experiencias como las que narras del clasico royo para pedir dinero son pan de cada día en cada bus y en cada esquina del centro de esta ciudad, en un país con más de un millon de desplazados por la violencia [inmigrantes por razones socioeconomicas, como los califican cierto consejero presidencial] y donde la mitad de población vive por debajo de la linea de miseria con aproximadamente un euro al día para una familia de 3 personas, las historias se mezclan lo más de bien y la mayor parte de las veces te mienten, y las peores historias se suelen dar cuando dicen la verdad al punto que preferirias que te mintieran, lo cual da pie para muchas tramas de ese tipo.

Sobre la verdad, decir la verdad implica mostrarte, darte a conocer, y cuando algo se conoce, se tiene poder sobre eso, es la base de las ciencias [Bacon], no es muy distinto con los seres humanos [a que no adivinas como nacio la antropología], luego es un riesgo que la mayoria de la gente no está dispuesta a correr.

Hay que tenerlas de acero para decir siempre la verdad, y no siempre sale rentable, luego son pocos los que se compromenten de tal forma.

es la primera ves que escribo y me coloco en los tres del podio, genial

Pero si vienes con historias, si mareas la perdiz, si pierdo el hilo y no pareces tener interés alguno en que lo recupere, si dejo de saber de qué estás hablando, si creo que me estás llevando a un lugar en el que no quiero estar, si por un momento tengo la sensación de que me estás manejando, si tengo la más mínima intuición de mentira, embuste o engaño, dejarás una mancha en mí que te va a costar sudor y lágrimas sacar, si es que alguna vez lo consigues.”

No se a donde vas, tampoco lo sé yo, pero sí sé que allí no hay nadie.

Al menos no se hacía pasar por el hijo del propietario de Ferrari: http://www.elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&idioma=CAS&idnoticia_PK=575661&idseccio_PK=1022

No se a donde vas, tampoco lo sé yo, pero sí sé que allí no hay nadie.”

La pregunta es: ¿Cómo sabes lo que sabes? Te resultará útil en el futuro responderte a esa pregunta o averiguar la respuesta.

Yo, hasta que no llegué allí, también pensaba que no habría nadie.

Ahora me alegro de haber estado equivocado. Y mucho.

Un abrazo.

A mí me pasó algo similar una de las primeras veces que vine a Madrid. A la salida de la estación de Chamartín me abordó un tío diciendo que les habían contratado para trabajar en una obra, que el jefe no les había pagado y que necesitaba pasta para la gasofa de la furgoneta para volver a casa. La verdad es que tuve algo de miedo, porque el tío no tenía pinta de amigable. El caso es que yo tenía bien claro que era un timo y me escabullí como pude, diciendo que no llevaba nada encima, sólo el billete del tren.

Es algo parecido a los que van por los pisos pidiendo. Hace años, mi abuela le ofreció a uno unas patatas o un bocadillo (no me acuerdo bien) y el tío dijo que no, que él quería dinero.
_________________________________________________________________
¿Por qué mandáis que el hijo de Venus se prostituya por dinero? No tiene bolsillo donde guardarse el dinero.

Pues yo suelo dar pasta más o menos a todo el mundo. Cierto es que si descubro que mienten más tarde (tampoco es algo tan raro) no vuelvo a dar un duro y les digo claramente porque. Pero no se, de todas formas me gusta fiarme de la gente; prefiero equivocarme con dos tios si al tercero le estoy haciendo un favor. Y realmente no me importa que me mientan si no me entero. Si me entero me mosqueo, pero si no me entero el problema lo tiene el consigo mismo y eso no me preocupa.

Pues eso, como es el primer día que te leo desde que has vuelto, sea usted bienvenido.

Respecto a los pedigüeños, hace tiempo que llevo siempre conmigo 50 céntimos para estos casos en el bolsillo del pantalón, así no tengo que ni echar mano a la cartera. No pido explicaciones, si les vale bien, y si no, pues lo siento. No recuerdo que me hayan venido alguna vez con historias raras, últimamente tiendo a darlos a los que ofrecen algo a cambio, por modesto que sea: música, hacer la estatua, etc… Desde luego si alguien te va contando una historia rara y encima te pide que confíes en él… explicación no pedida…

——————————————————————————-
La ruta de las cabezas de piedra

Al hilo, cuidado en la T-2 de Barajas, hay una tía que no tiene malas pintas que está pidiendo dinero, a mi me dijo que era para un viaje a Asturias en avión y tal y tal…

Al regresar un día a la T-2 la volví a ver allí con el mismo rollo, me acerqué a ella y la dije que era una mentirosa.

… me atracó la misma tipa acorralándome en el portal, dos veces, la misma semana y con la misma excusa, que aunque no te la creas, era: “Perdona, ¿hablas inglés? ¿podrías dejarme dinero?”. Me soltó una chapa inmensa sobre su necesidad de pasta, porque había venido con una amiga desde Salamanca, pero la tía la echó de casa, y necesitaba pasta para pagar otro alquiler…
La diferencia con tu historia radicó en que ambas veces utilizó, para persuadirme de su necesidad ante mi negativa inicial, una alegre jeringuilla sangrienta. La segunda vez tuve un dejá vu y ya fui sacando las pelas… Te prometo que ambas veces le hubiera dado pasta si me hubiese dicho que necesitaba un pico…

Nada es verdad, nada es mentira: todo depende del color del cristal con que se mira.

Dices:
“Te prometo que ambas veces le hubiera dado pasta si me hubiese dicho que necesitaba un pico…”

Yo digo:
“Me parece que necesito varios picos y más cosas. Ya te pasaré mi nº de cuenta y mi nº de tlfono para las otras cosas… Da gusto con gente tan generosa”

jejeje. No te mosquees, porfa. No pretendo nada más que aprovechar la oportunidad para darme cuenta cuántas ganas tenemos de ayudar a los demás. Creo que la bondad es lo que prima en nosotros. Lo que pasa que hay tanto caradura que ya no nos fiamos ni de nuestro padre.

Abrazos altruistas a todos.

En la estación de buses de Ponferrada me ocurrió eso tres o cuatro veces con el mismo pollo. Me contaba siempre que le faltaba no se cuantas pesetas (ya llovió) para el billete de bus. El tío aprovechaba el lugar geográfico en que se encontraba -la estación- para perpetrar el engaño o sea que tonto no era. Lo que sí debía ser, a juzgar por la faz de acabado que me llevaba, era un yonki-borracho de puta Mulder. Nunca le di ni un real, yo era un teenager más pobre que las ratas pero aunque tuviera pasta le iban a dar por culo con un formón cuadrado. Se ve a la legua los que vienen con engañifas, que son casi todos.

decadenciaoccidental.blogspot.com
Porque en el fondo todos somos gilipollas

iban a dar por culo con un formón cuadrado. ”

Joeerrr… qué dolor…

Me ocurrió una situación similar en las cercanías del Bernabeu. En este caso era un suizo al que habían robado toda la documentación y necesitaba algo de pasta para volver al hotel y hacer alguna llamada. Le dejé 10€ a cambio de que me lo devolviera mediante transferencia. Después me enteré de el tipo es todo un clásico en esa zona.

Pasadas algunas semanas, circulaba con la moto por la misma zona. El semáforo se cerró y yo aproveché para invadir el paso de cebra con la moto con intención de cambiar de sentido. En ese momento le vi. Aparqué la moto de cualquier manera y salí corriendo.

Un auténtico profesional. Salió corriendo hasta el colegio alemán, intento pegarme pero yo era bastante mas fuerte que él. Me ofreció 3, 5 y 7€. Me intento dar moneda de otro país, etc. Al final conseguí mis 10€ en monedas de 1€.

Lo cierto es que fue muy divertido. Mientras corríamos imaginaba que la música de Benny Hill sonaba de fondo.

Creo que a todos nos ha pasado algo similar en la vida. La mia no fue muy diferente a las demas:

Era mi primer año de universidad y bajaba de clase cuando un señor (45 50 años) se me acerco llorando, no os imaginais las lagrimas que le caian, me decia que se acababa de divorciar y que no tenia trabajo y que por favor le dejase 1€ para el bus porque se habia equivocado de linea (incluso me enseño el billete) y tenia que ir a nose donde, en aquel momento se me partio el alma, no le pude dar nada porque no tenia ni un centimo pero si hubiera tenido le hubiese dado una pierna, me fui para casa con una sensacion muy mala, muy triste.

A los dos dias le volvi a ver en el mismo sitio pidiendo dinero a una señora y enseñandola tb un billete de bus, en ese momento no senti rabia ni enfado si no mas bien pena por aquel señor que tenia recurrir a eso para ganar dinero.

… que todos los días se quedaba sin gasolina justo al lado de la misma gasolinera y se paseaba con su llavero de Mercedes por los coches pidiendo algo de dinero para poder llenar el depósito, que su mujer y sus hijos estaban en yonosedonde y le estaban esperando muertos de hambre.

Pobre hombre, tropezando todos los días con la misma piedra.

… A mi me gustaría ayudar a todo el mundo, pero es que ya hemos llegado a una situacion en la que al primero que tengo que ayudarme es a mí, asi que no me queda mas remedio que cerrar los ojos (con gran cargo de conciencia) y hacer oidos sordos, porque si tuviese que darle un euro a cada negro vendepañuelos de cada semaforo por los que paso al dia, me saldria la broma por unos 30 o 40 euros diarios.

Es que ya los tenemos hasta dentro del barrio, que tenemos 4 o 5 semaforos… Ya hasta ahi se nos acoplan.

Eso sí, el día en el que comprendi que la cosa estaba mal de verdad fue cuando los negros vendepañuelos empezaron a pedirme dinero cuando me metía con mi dyane 6 malpintado y lleno de bollos por la ciudad. Hasta entonces normalmente pasaban de largo…

Pues una vez yo me puse a pedir dinero por la calle y no os creais que es facil, la gente no suelta el dinero asi como asi.
Estaba con mis amigos y queriamos ir al cine, pero nos faltaba dinero para una entrada, asi que se me ocurrió la idea de pedir. La calle estaba atestada de gente(c/Gran Via. Madrid) eran sobre las 20:00 y durante 15 minutos no recibí ni un centimo. Yo simplemente ponia la mano y decia “tienes una moneda?”, nadie me preguntó para que. Asi que lo unico posible era inventarse una historia, mentir y engañar…. asi que entiendo a esta gente.
Al final nos fuimos a comer unos perritos al Nebraska y nos quedamos sin el cine.

Si alguna vez teneis que pedir, por lo que sea, espero que os inventeis una buena historia. “Más triste es de tener que pedir, pero más triste es de tener que robar”.

Os pido porfavor que cuando veais a alguien pidiendo y veais que tiene las manos ajadas de currar toda su vida, no se lo negeis, porque ese no miente.

Muy interesante tu comentario, da mucho que pensar. Es un punto de vista que no había visto antes y la verdad que es para darle unas vueltecitas.

Saludos!

Pocas veces en mi vida he dado dinero. Y ha sido cuando la persona te viene a pedir específicamente a ti y le miras a los ojos y realmente me cuesta mucho decir que no a no ser que no lleve nada suelto de verdad. De las que me acuerdo una fue al pie de la Torre Eiffel, una tarde calurosa de agosto. La chica era de algún país del este de Europa y llevaba un papelito con algo que ahora mismo no recuerdo pero que seguramente era sobre alguna enfermedad incurable o algo así. Para dar pena, vaya. Como he dicho, me resulta muy dificil decir que no, así que saqué de mi monedero uno o dos euros y se los dí. Recuerdo que una señora que estaba sentada a mi lado sonrió maliciosamente sin intentar ni ocultarlo. Yo en aquel momento pensé: ¿a ver si va a ser un timo? jajaj Luego caí de la burra cuando vi un grupo de chicas todas con el mismo cartelito…
La última vez fue ayer mismo en el centro de Madrid. Estaba en un conocido restaurante de comida rápida cuando vino un chico a pedirme dinero para tomar un café. Me vino a la cabeza la escena de París, pero entre que estaba muy cansada y que yo misma esa mañana habia tenido más o menos la sensación de tener el estómago vacío y de las ganas que había tenido de tomar un café, le dí un euro.
Luego me quedé pensando que seguramente había hecho de nuevo el panoli pero bueno, ya no había marcha atrás. Unos minutos más tarde pasó por mi lado de nuevo con un café y unas galletitas, me sonrió y me dió las gracias.
Me dio mucho que pensar sobre la sociedad en general y los prejuicios en particular.

Es la primera vez que escribo por aquí y quiero aprovechar para felicitarte por tu página. Es realmente inspiradora (seguro que te lo dicen a menudo).
 Saludos

Hace años, creo que en 1993, nos fuimos 3 amigas de vacaciones con una furgoneta prestada a una casa prestada, con poca pasta, mcuho vestuario y atrezzo y mucha imaginación. Hicimos fotos, descubrimos muchos pueblos de menos de 100 habitantes, y llegó el momento de volver a Barcelona y devolver la furgoneta.
Habíamos calculado mal la gasolina, y vimos que se nos estaba agotando cuando todavía íbamos por Lleida, y nno nos quedaba apenas dinero.
Paramos en Lleida y empezamos a explicar nuestra situación a gente, pidiendo algo de dinero para juntarlo y lograr gasolina para llegar a Barcelona. No logramos mucho, explicábams la situación tal cual y nos miraban raro. Acabamos teniendo que ir a la estación de tren y pedir allí para el billete de vuelta, donde sí logramos juntar algo y pagar la gasolina necesaria.
Así, el dinero lo necesitábamos realmente, era para un uso urgente y real, pero la explicación acabó siendo falsa porque es lo que la gente quería oir.

Por eso, yo doy dinreo si puedo y la persona parece convincente. Viviendo en barcelona,a cabas teniendo un sexto sentido para esas cosas, proqe hay gente pidiendo a cada dos calles. Hace años, pero menoo, un señor negro, trajeado y muy educado la estación, me expicó en un inglés muy culto y cuidado que le habían robado y que tenía que ir, precisamente a Lleida. Sé que hay una comunidad africana muy grande allí, así que era más que plausible. Le faltaba ya poco dinero para el billete, me enseñó un papel con una dirección de allí, y le creí. Le di algo, no recuerdo cuanto, quizá 300 ptas. Al cabo de un mes me lo volví a encontrar con el mismo tema y le reconocí al instante. Le dije, más o menos como tú, que ya le vi hacía un mes y ya le había dado dinero. Le dije, bromeando, que le costaba reunir lo poco que faltaba Y le dije que, si quería sacar pasta en las estaciones, variara de estación, porque estaba en la de Arco de Triunfo, y además de tren hay metro: pasamos a diario y es más fácil que le reconozcan. Y le dije que si un día andaba corta de pasta, no se extrñara si le pedía yo a él las 300 pesetas que le había dado.
Alguna vez más nos vimos y me saludó, pero al poco desapareció de la zona.

Aún así, sigo queriendo creer que a veces es cierto: mi hijo, un adolescente mulato con rastas, alguna vez ha necesitado llmarme al trabajo y no llevaba dinero. Menos mal que alguieen le dio unos céntimos para llamar sin sospechar que sea unpandillero, ¡no?

Okok

Recuerdo que un día me disponía a subirme al autobús que, una hora después, me dejaría en casa. Estaba en la estación fumando un pitillo, supongo que apoyado en la columna en la que tantos pitillos fumé esperando por el transporte, cuando de repente un señor, de entre cuarenta y tantos y cincuenta y pocos, me se acerca a mí y me dice:

- Perdone que le moleste, estaba esperando a que me recogieran unos amigos para ir al hospital del Meixoeiro pero ya hace mucho que deberían estar aquí, asi que supongo que me han dejado tirado. ¿Sería tan amable de dejarme algo para poder subir en autobus?

En ese momento no llevaba nada encima, supongo que me habría gastado las últimas monedas en un paquete de tabaco y para el autobús tenía un abono. No se si será buena o mala costumbre, pero no llevo nunca demasiado dinero, soy de los que tira de tarjeta.

Finalmente, le dije que lo lamentaba pero que no podía darle nada. Y se lo dije sinceramente. El aspecto del señor no daba para nada mala impresión: regordete, más o menos bien vestido, sonrisa en la cara, barbita… no sé, como una edición barata de Gepetto. Me alejé y subí a mi autobús.

Por mi trabajo, nunca salgo a la misma hora, pero cual fue mi sorpresa que siempre que llegaba antes de las 22h estaba allí ese señor con el mismo cuento. Se lo repetía a todo el mundo, una y otra vez. Y por lo que veía se podía levantar cinco o diez pavos en una hora. Al principio me sentí algo indignado porque yo también confié en él, y ese sentimiento volvía cada vez que le veia en la estación. Hasta que llegó el día.

Un día volvió a preguntarme a mí. Bajé la mirada, saqué un cigarrillo, lo encendí, di una calada profunda y me apoyé en la columna como tantas otras veces. Saqué una moneda del bolsillo -no recuerdo de cuánto era- y se la pongo en la mano. En ese momento, levanto los ojos y le digo.

- Sabe una cosa: cambie de amigos. En el último mes le han dejado tirado todos y cada uno de los días en que he venido aquí.

El señor cambió su expresión amable por una mirada enojada y torció el gesto. Se dió la vuelta, escupió en el suelo y nunca más le volví a ver.

¿Habrá cambiado de amigos? :P

PD: Ahora, por circunstancias como esta que cuento y por muchas otras similares a las que comentais aquí, nunca nunca doy dinero. He llegado a pagar una pizza a una señora que pedía para comer. Si quiere comer, le daré comida… nada de dinero.

Os sorprendería la cantidad de gente que no quiere comida.

Un abrazo a todos y en especial a ti, Javier, llevo leyendote bastante tiempo… desde el principio y a los poquitos y nunca me atreví a dejarte nada por aqui.