Lecciones de la vida
Todo el mundo, hace más o menos tiempo, ha sido niño (o niña, pero omitiré aquí el equivalente femenino aún a riesgo de que esto se convierta en un caos en el que nadie se entienda o se sienta herido en su sensibilidad políticamente correcta).
Los niños la hacen una detrás de otra. Están esperando a que los padres se den la vuelta y ZAS, lío al canto. Al principio son sólo cosas sin importancia: el crío que se cae en la piscina y sale amoratado tras intentar batir un récord de permanencia, el chiquillo que se vuelca la cocina y se ve aplastado con encimera y todo, el que se quema las cejas jugando con el mechero… En fin, esas pequeñas cosas que alegran el devenir diario de los padres.
Cuando los progenitores ven que el chavalín o la nena enfilan el camino de la adolescencia, tienden a relajarse. Craso error, ya que los accidentes físicos sólo disminuyen para dejar paso a problemas psicológicos (más graves) o a catástrofes de dimensiones estelares.
Mis padres siempre han sido tolerantes y permisivos, aunque bien es cierto que entre mi hermana y yo siempre les hemos puesto las cosas fáciles. Mis padres han afrontado con entereza las pocas trastadas que ambos hemos protagonizado.
La más sonada de mis años mozos tuvo lugar una noche de verano. Aburridos y sin poco que hacer, cogimos las motetas de 50cc y nos fuimos a un campo de cross semi-abandonado próximo a mi casa. Allí estuvimos charrando un rato sobre la vida, la muerte y las nenas, a las que sólo veíamos de lejos y en las motos de los demás.
En uno de los momentos, a alguien se le ocurrió que sería una buena idea hacer fuego. Todos aplaudimos la idea; una buena hoguera en mitad de la noche nos ayudaría a crear la atmósfera deseada. El mismo que ideó el tema de la fogata acertó a decir que lo más sensato era sacar un poco de gasolina de una de las motos para iniciar el fuego, y que luego ya la física haría el resto.
En las motos de 50cc, la gasolina salía del depósito hacia el carburador a través de un tubito que quedaba bastante a la vista, y en más de una ocasión habíamos tenido que manipularlo para surtir algún tanque seco de alguien que se había quedado por el camino. Sacar algo del inflamable líquido iba a ser tarea sencilla para tan expertas manos. Sin embargo, tras probar con la primera moto, no había manera de soltar el tubito, de manera que tuve que autorizar la manipulación de mi vehículo. De ello se encargaba una pareja de lumbreras, mientras el resto andábamos recogiendo ramitas para iniciar pira funeraria.
Y recogiendo ramas secas me encontraba cuando un sonido terrorífico llegó a mis oídos. Temiéndome lo peor, miré por encima del hombro y vi unas tremendas llamaradas saliendo de mi moto y elevándose en la noche. Como se supo algo más tarde, estaba la pareja de lumbreras sacando gasolina cuando tuvo lugar una conversación que, aunque no presencié, temo debió de ser algo así:
- Coño, no veo un carajo. ¿Tienes un mechero por ahí?
- Sí
- Pues alúmbrame, que se me está saliendo la gasolina.
- Voy
Cómo dos chiquillos con 10 años de escuela a las espaldas pueden acercar una llama a menos de 20 metros de un líquido altamente inflamable, eso no lo sé. El caso es que lo hicieron.
Corrimos todos a intentar sofocar el fuego, pero tratar de apagar 7 litros de gasolina que arden con pasión es complicado, y más con la ayuda de puñados de arena y ramas de pino. Casi 15 minutos estuvimos sacudiendo desaforadamente la masa semiderretida en que se estaba convirtiendo mi vida. Cuando parecía que por fin la catástrofe remitía, optamos por volcar la moto para intentar echar tierra sobre ella, pero al voltearla aquello levantó unas llamas por encima de nuestras cabezas y nos cagamos en las bragas. Unos minutos más tarde, por fin aquello dejó de arder.
El espectáculo entonces fue aterrador: sólo habían quedado las ruedas y los hierros del chasis, cubiertos por una masa de plástico derretido fraguado con tierra y mierda variada. Todo lo que no era hierro había quedado calcinado, y lo que era hierro tenía una pinta que daba pena verlo. En aquellos momentos creí morir.
De camino a casa, arrastrando la masa informe sobre ruedas, pensaba que aquel era el peor día de mi vida. Mi universo se desmoronaba por momentos, y un amigo me dijo: “Venga, que seguro que de aquí unos años nos acordamos de esto y nos reímos”. Yo era incapaz de imaginar semejante escenario, así que no di crédito a sus palabras. Sin embargo, años más tarde, efectivamente, recuerdo aquello y me río. Incluso mis padres lo hacen.
A la mañana siguiente, y a la luz del día, lo que quedaba de la moto ofrecía un aspecto desolador. He aquí la conversación mi_padre-yo en la cocina de buena mañana:
- ¿Qué tal anoche?
- Bien… [silencio] Quemamos mi moto…
- ¿Cómo?
La conversación con mi madre fue similar. Por más que recé, la tierra no me tragó.
Unos meses más tarde, después de 65.000 pelillas y muchas tardes de Bricomanía, la moto estaba casi nueva. Yo aprendí marquetería y pintura, electricidad y que las cosas nunca son tan negras como se ven. Fue una buena lección de la vida.
¿Habéis quemado vosotros algún vehículo? ¿Cómo os ha enseñado la vida estas pequeñas cosillas? ¿Os podéis reír de catástrofes de antaño?
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Comentarios
Anónimo
Lun, 11/08/2003 - 09:32
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Lecciones de la vida
Chaval, yo me conformé con casi prenderle fuego a la casa mientras jugaba con el quemador de alcohol del quimicefa… Aunque claro, si yo hubiera tenido una moto…
X-D
Anónimo
Lun, 11/08/2003 - 11:31
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Pies para que os quiero!
Buenos dias!
Yo la verdad es que nunca he hecho ninguna gamberrada digna de mención, pero os contaré un suceso en el que casi me da algo del susto y que 4 horas más tarde me estaba descojonando de risa.
Os pongo en situación, en pocas ocasiones he salido de mi querida tierra leonesa, pero era Semana Santa del año 2000 y yo me aventuré a irme a Sevilla con mi novio. Supongo que más o menos os haceis una idea de lo que voy a contaros, en fin prosigo.
Era “La Madrugá”, la noche de Jueves Santo y nos encontrabamos a las 6.30 h. de la madrugá enfrente de la casa de Alba viendo al Cristo de la procesión de los jitanos. La verdad es que la Semana Santa sevillana es preciosa, muy diferente al norte pero una cosa no quita la otra. Pues cuando estabamos tranquilamente viendo pasar al Cristo enfrente de nuestras narices nos arrastra una avalancha de gente gritando que habian oido tiros! Obviamente no nos paramos a preguntar y enfilamos calle abajo como almas que lleva el diablo. Nos abrieron una facultad (la de Bellas Artes, creo) e incluso la propia casa de Alba para que pudieramos refugiarnos. Alli quedó el Cristo “posao” en el suelo y la peña desperdigada. El ambiente era de pelicula, la gente llorando y gritando el nombre de otros a los que buscaban, bueno un Show. Pasado el susto, el redoblante tocó para juntarnos otra vez. Cuando nos volvimos a colocar en nuestros sitios OTRA VEZ LA AVALANCHA DE GENTE chillando que habia tiros! pues otra vez corriendo que perdiamos el culo hasta que llegamos al lado de un coche de policía y alli nos quedamos hasta ver pasar el temporal.
Fue bastante bueno ver a los polias custodios del paso sacar la pistola y marchar hacia el peligro con paso decidido mientras los aterrados viandantes corriamos cagados del miedo en sentido contrario.
Al final, y por segunda vez volvimos a coger posiciones, vimos la procesión y nos fuimos de alli sanos y salvos. Hacia las 10 de la mañana del viernes, cuando estabamos en la estación esperando para coger el autobus de vuelta a casa nos desojonabamos de la risa al recordar lo rápido que se puede llegar a correr si lo necesitas… bien es cierto que nunca he pasado tanto miedo como en aquella ocasión.
Al final resultó que habian sido unos niñatos “hijos de papa” que querían hacer en la realidad lo que pasó en la peli ” nadie conoce a nadie”. Me río yo de las gilipolleces de algunos que casi me muero del susto, joder!
Penetrator
Lun, 11/08/2003 - 12:33
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Memorias de un pirómano
Pues sí, lo reconozco. Toda mi vida he tenido una fijación por el fuego. Pero ojo, soy pirómano concienciado (esto es, me gusta hacer fogatas y quemar según que cosas, pero no me gusta quemar la propiedad ajena, ni mucho menos los árboles del bosque).
Desde muy pequeño ya di muestras de mi “afición”. Una vez casi le prendo fuego a mi casa. Estaba mi madre viendo la tele en el comedor, y yo, que me aburría someramente (debía tener 5 o 6 años, a lo sumo), no se me ocurre otra cosa que trincar una servilleta de papel e irme hasta la cocina, donde había una olla puesta al fuego. Después de estar un rato contemplándolo, cogí la servilleta, y la arrimé. La servilleta, obviamente, ardió al instante. Y yo, pobre de mí, me acojoné, y no se me ocurrió nada mejor que tirarla a la basura, todavía encendida. Volví al comedor con mi madre como si nada hubiera pasado, pero al poco rato mi madre empezó a notar un extraño olor. Por suerte, llegó a tiempo de apagar el cubo de basura, que ya ardía entero.
Una vez también estuve a punto de calcinar la jaula de mi periquito, haciendo experimentos con un mechero y un puñado de algodón. Tenía yo unos 10 o 11 años, un quimicefa, y mucho tiempo libre. El caso es que me tenía intrigado el mecanismo del quemador de alcohol del quimicefa, con mecha de algodón. No sé por qué, un día se me ocurrió preguntarme si el algodón, por sí sólo, ardía o no. Y en vez de preguntárselo a cualquier adulto, o buscarlo en una enciclopedia (entonces no existía el Google :) ), decidí hacer el experimento yo mismo (es duro ser ingeniero XDDD). Total, que cogí un puñado de algodón (un puñado _grande_), y mi mechero de gasolina (sí, tenía un mechero de gasofa, y era una de las cosas que más quería en este mundo por entonces), lo metí en la jaula de mi periquito (no sé por qué, se me ocurrió que era más seguro hacerlo allí dentro. Por suerte el periquito no estaba en su jaula en ese momento), y le prendí fuego. Tardó menos de un segundo en arder entero. Por suerte, la jaula sorevivió.
Poco tiempo después, al inconsciente de mi padre se le ocurrió de rebelarme la fórmula de la pólvora (para el que no lo sepa: azufre, nitrato o clorato de potasio, carbón vegetal, y sal o azúcar de forma opcional), lo cual era una temeridad parecida a darle una escopeta nueva al Charlton Heston (qué peligro de tío). Me pasé una buena temporada haciendo todo tipo de experimentos con pólvora (eso sí, en la calle). Incluso se me gastó el nitrato de potasio del quimicefa, con lo que tenía que ir a la farmacia a comprar pastillas de clorato de potasio, fingiendo un terrible dolor de garganta (para el que no lo sepa, las pastillas estas son para aclarar la voz o para calmar las gargantas irritadas). Y me dedicaba a hacer petardos caseros, empaquetando la pólvora con pañuelos de papel, cartón, cinta aislante… Por suerte, no ocurrió ningún accidente grave, y todavía conservo intactos todos los miembros de mi cuerpo. Ninguno de esos artefactos llegó a explotar, ya que la pólvora tiene que estar muy prensada para hacer explosión, pero lo que nos reíamos cuando toda la pólvora salía disparada del “cartucho” y se imflamaba en el aire, provocando una nube de humo que te cagas (lo llamábamos “el fogonazo”).
Una vez, jugueteando con un motorcillo eléctrico de un coche teledirigido que se rompió, se me ocurrió meterlo en el enchufe de la pared, a ver si reaccionaba, o a ver qué pasaba. Ni que decir tiene que el motor explotó, y que los plomos saltaron al instante. Es el peligro de ser un apasionado de la ciencia y la tecnología. No puedes preguntar las cosas: tienes que experimentarlas. Incluso he llegado a tener guardado en mi estantería un matraz con un trozo de mierda en conserva (de _mi_ mierda, para ser más exactos), para ver si la mierda, al descomponerse, producía gas metano. El experimento no resultó. Era la época en la que aprendí a inflamar pedos (por eso se me ocurrió la teoría de que la mierda desprende gas metano), que fue otra de mis grandes aficiones durante un tiempo (para un pirómano, la sensación que se obtiene al inflamar sus propios cuescos es algo que no se puede explicar con palabras).
Bueno, de momento lo dejo aquí, que me canso de escribir. Si se me ocurre algo más, ya lo iré poniendo…
—
La belleza está en el interior (Jack el Destripador)
NoP
Lun, 11/08/2003 - 13:40
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Memorias de un pirómano
Me das miedo xDD
Anónimo
Lun, 11/08/2003 - 18:24
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Memorias de un pirómano
Ahora me acabo de acordar. He dicho al principio de mi post que yo soy un “pirómano concienciado”, a quien no gusta quemar árboles. Pues bien, una vez quemé, por accidente, unos pocos. No muchos (cuatro o cinco), y bastante raquíticos. Pero los quemé, y me supo mal. La cosa fue así:
Estabamos yo y tres colegas (uno de ellos casi tan pirómano como yo) en un descampado de mi pueblo. Teníamos 15 años y nos escondíamos en unas obras abandonadas de aquel descampado para fumar nuestros primeros cigarrillos (Gold Coast mentolados, Ducados, Kruger… cosas así). Y resulta que por allí había tirado un colchón de gomaespuma, que como todo buen pirómano debe saber, arde casi tanto como la gasolina (aunque cueste un poco más de prender).
Bueno, pues el caso es que mi colega pirómano y yo empezamos a mirar el colchón, y decidimos que tener eso ahí al lado era una tentación demasiado fuerte, y que había que quemarlo. Cogimos el colchón, lo apoyamos contra la pared para encenderlo desde abajo y que prendiera mejor, y lo encendimos. Y a continuación, salimos corriendo, como si nada hubiera pasado. Esto es porque cerca de allí había casas, y tampoco era cuestión de que os vecinos nos vieran, ya que nos podía caer un puro.
Y al día siguiente, al ir a contemplar el resultado de nuestra obra, ¡oh, sorpresa! Toda la maleza, los matojos, y los pocos y raquíticos árboles que había en un lado de las obras estaban quemados. Resulta que, en la pared donde apoyamos el colchón, había unos cuantos agujeros, y el fuego debió de salir por allí y quemó unos 50 metros cuadrados de vegetación del descampado. No sé si el fuego se apagó solo, o si los vecinos llamaron a los bomberos, pero, por suerte, la cosa no fue a mayores. De todas formas, aquel descampado hoy ya no existe, lo han convertido en un montón de “chalets para domingueros”. Así que ya lo sabéis: no intenten hacerlo en sus casas.
También recuerdo que, una vez, nos encontramos una bañera abandonada, en el mismo descampado, y un montón de trozos de porexpan (que también arde lo suyo). Pues trincamos unos trozos, los metimos en la bañera, e hicimos una fogata con el porexpan. Y cuando parecía que se apagaba, le metíamos más porexpan. Y así, hasta que lo quemamos todo. Por cierto, el porexpan quemado se convierte en una especie de líquido negro parecido al petróleo, bastante asqueroso, que después se solidifica y queda duro. No sé como no nos intoxicamos con el humo negro del porexpan….
Penetrator
Lun, 11/08/2003 - 18:35
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Doh!
Mierda. No estaba logeado y no me he dado cuenta. El post anterior es mío.
—
La belleza está en el interior (Jack el Destripador)
krollspell
Lun, 11/08/2003 - 22:58
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Memorias de un pirómano
Hombre, carbón, azufre y nitrato/clorato… buenas cantidades gasté en mis años mozos. No recuerdo cómo me las ingenié para hacerme con un paquete de clorato de medio kilo (!). Los otros ingredientes son muy fáciles de encontrar. Un par de comentarios de mi propia experiencia con la pólvora negra:
Penetrator
Mar, 12/08/2003 - 09:04
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¿Mechas? Yo no usaba de eso
Las mechas son peliagudas de hacer: si tienen demasiada pólvora son instantáneas, si tienen poca dejan de arder.
¿Mechas? ¿Pa qué? Un kleenex o un reguero de alcohol, ¡y a correr! Más barato, y más cutre, imposible.
—La belleza está en el interior (Jack el Destripador)
Anónimo
Jue, 14/08/2003 - 18:02
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¿Mechas? Yo no usaba de eso
Si, esa solia ser la solución elegida. ¡O tirar el chisme directamente en un fuego!
Anónimo
Lun, 11/08/2003 - 13:47
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moto y coche
Entre las muchas gamberradas que hice de crio (y no tan crio), tengo 2 muy buenas en la memoria, ya que nos lo pasamos en grande.
Eramos unos 10 chavales, de entre 12 y 14 años. Resulta que nos encontramos en un vertedero una derbi diablo hecha polvo. Pues bien, en un par de semanas y con ayuda del padre de alguno, dejamos la moto como nueva. Y por supuesto, lo primero que hicimos fue irnos a un barranco, y destrozarla pegando saltos, dandole pedrazos, etc. Lo mejor fue cuando le pegamos fuego y la tiramos montaña abajo. Increible x’D
Unos años más tarde, casi con 18, el padre de un amigo nos dio un 2 caballos que tenia en el garage y no usaba. Después de una semana haciendo el cabra con el coche, decidimos que era hora de jubilarlo. Con una sierra radial cortamos toda la chapa, dejando el coche “con el esqueleto al aire”. Arrancamos los sillones, hicimos un poco más el cabra, quemamos el motor poniendolo a toda ostia (pusimos un ladrillo en el acelerador, y el punto muerto). En 3 minutos el motor saltó por los aires. Al lado del descampado donde estábamos estaban haciendo un edificio con parking (2 plantas) así que empujamos el coche hasta la segunda planta y lo dejamos caer desde una altura de 10 metros. Aquello parecia de película :D
Speccy
Lun, 11/08/2003 - 22:49
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¡Qué k-brito!
Ya que lo ibas a destrozar, ¡habermelo regalado! Te hubiese buscado un Opel o un Fiat, que explotan mas espectacularmente…
Y para explosiones espectaculares… CANYONEEEEERUUUUU, CANYONERUUUUUUUU…. (Homer Simpson sayz)
Jellby
Lun, 11/08/2003 - 16:59
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Lecciones de la vida
Lo más que recuerdo ahora mismo sucedió un día en el que yo tendría unos 15 años… estaba solo en casa (por unos días) y me acababa de grabar un disco de los Guns’n’Roses. Con la emoción y el frenesí de la música a todo trapo no se me ocurrió otra cosa que hacer un fuego: cogí una papelera (metálica y lacada en blanco), le eché alcohol de quemar y, como su propio nombre indica, le prendí fuego. Obviamente aquello empezó a soltar unas llamas respetables y a echar un humo negro, con lo que me asusté y fui rápidamente a por agua. Después de apagado el fuego y abiertas las ventanas le eché un vistacillo a la papelera… ¿Hace falta decir que ya no era blanca? Por suerte quedaban todavía un par de días para que volvieran mis padres, así que me dio tiempo a comprar un bote de pintura blanca y darle bien de brochazos. Claro, el acabado manual con brocha no es lo mismo que el lacado industrial, pero nadie me preguntó qué había pasado. A día de hoy la papelera fatídica sigue acumulando correo publicitario en el salón.
Anónimo
Lun, 11/08/2003 - 22:06
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Lecciones de la vida
Mi caso es diferente. No soy un gran aficionado al fuego pero, por cosas de la vida, me he ido a juntar con unos amigos que le tienen una gran afición.
Por razones de edad, más cerca de los 20 que de los 18 (¡qué desgracia haber sido mayor de edad! Ahora uno es “responsable” legal de sus actos), los incidentes que voy a describir son bastante reciente (uno y dos años). Entended por lo tanto las razones de mi anonimato ;-)
Resulta pues que mis compañeros son muy aficionados al fuego. Tanto es así que, en cierto modo, nos consideramos (o nos considerábamos, cuando aun estudiábamos el bachillerato juntos) el grupo FEMAT, que en catalán son las siglas de: Foc, Eines, Menjar, Aigua i Ties (esto es: Fuego, Herramientas, Comida, Agua y Tías). Y como podéis imaginar, había (y sigue habiendo) de todo menos esto último. Con razón están en último puesto.
También somos muy aficionados a las excursiones y a la montaña, así que ya podéis imaginar que toda excursión o acampada tiene que terminar con un buen fuego. Esto es, una poda fuera de temporada de ramas de árboles (bueeno, alguna vez algún árbol entero, pero normalmente ya está muerto o es muy joven) que terminan en un fuego enorme. Y a veces la calavera de una cabra -con nombre y todo- arriba del todo.
Sin embargo, en estos casos he de decir que yo no me implico demasiado si no es para intentar apagar el fuego o limitar su tamaño. Esto no quita pero que alguna que otra cosa me haya sucedido.
Un ejemplo, tal vez el que me tuvo más preocupado en el momento que lo hice, fue cuando en medio de la clase de historia no se me ocurrió otra cosa -para inteligencias, la mía- que intentar quemar una rasta de un amigo. Para mí, eso era pelo enrodillado. Quién iba a saber que las rastra tenía cera o no se qué que ardía tan bien. El resultado fue inmediato: una llamarada de fuego que, afortunadamente, no llegó a más. Pero el susto ahí se quedó. Las consecuencias tampoco fueron más allá de esto: la profesora me felicitó al final de la clase… ese amigo la tenía un poco fastidiada…con razón.
Ahh, pero ahora que recuerdo, ¡cómo añoro esas clases! Ahora en la universidad ya no se pueden hacer todas estas cosas. Ni explotar bolis y típex en media clase de biología o historia… o antes de un examen de lengua. Ni pegar fuego a cualquier papel que cayera en nuestras manos. O enceder una pequeña fogarata en medio del salón de actos del instituto (“teníamos que decorar un video que grabábamos: se suponía un salón del oeste con mucho humo”). Por suerte, contábamos con el “consentimiento” implícito de los profesores: lo nuestro no era mala leche.
¡Nos fuerzan a crecer para aburrirnos! ¡Y yo quiero volver a la vida de los fuegos, de saltar en los charcos y ensuciarme de pe a pa, de no preocuparme por la hora, ahhh… añorada infantez!
Anónimo
Lun, 18/08/2003 - 12:16
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Lecciones de la vida
Agua??? Pa què??? Pa lavarse?
Anónimo
Mar, 12/08/2003 - 02:21
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Quemar motos
Hola, me llamo Antonio Nónimo y yo también quemo motos.
Escenario: hace bastantes años, en un caluroso dia de
junio, a punto de acabar las clases.
Ingredientes: una moto “trucada” desde las ruedas al
sillín, un loco motorista, una larga carretera, una peli a
punto de empezar.
Proceso: el loco motorista, a caballo de la moto trucada,
enfila la larga carretera del instituto a la cercana
ciudad donde dan la película en cuestión. Es un
dia plenamente estival, el primero de muchos. La
temperatura, bién elevada. La peli del cine, que va a
empezar. Y el loco motorista, sin dar tiempo a la moto a
calentarse, la enchufa a todo gas.
Cuando faltan un par de kilómetros para llegar a la
ciudad, la moto empieza a ahogarse, como si se quedara sin
gasolina. No se le puede dar más gas: ya se está yendo a
toooope. Que raro que pida más gasolina. Se continua sin
hacerle caso, intentando mantener el gas a tope. Al cabo
de unos minutos, la moto acaba por pararse. Se intenta
poner en marcha (sin motor de arranque, es una moto
“clásica”)… ¡¡¡y no tiene compresión!!! En refinitiva,
el motor gripado, el piston chamuscado, los aros rotos…
La moto, quemada.
Sin teléfono mobil, vas a una casa y pides un teléfono y
llamas “hola… si… no… a ver si me puedes venir a
buscar… si, hoy he ido en moto… me parece que se ha
extropeado…”
Tras unas horas de espera, aparece la figura paterna
con cara de malas pulgas “¿qué? ¿ya la has quemao? Claro,
tantas aceleraditas, tanta chorraitas en frio… si no me
extraña… estos crios de hoy…”.
Tras un verano ahorrando, la moto volvió a ponerse en
marcha y correr… hasta la siguiente gripada.
Hola, me llamo Antonio Nónimo y yo también quemo motos.
Anónimo
Mar, 12/08/2003 - 08:49
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Lecciones de la vida
Pues… a mi lo único que me ha pasado es que tenia una escopeta de balines, es de esas cosas que te compra tu padre porque le gustan mas que a tí y así puede echar unos tiritos con la disculpa del cumpleaños.
Sucede que unos amigos y yo ibamos por el monte buscando pajarillos indefensos para asesinar (cosas de la infancia no me lo tengais en cuenta) pero como eramos más malos disparando que condemor de la pradera decidimos regresar a casa no mucho mas tarde y al volver… ay! al volver.
Nos topamos con una fregoneta vieja abandonada en el monte, una vieja mercedes ¿la recordais?. La chapa se estaba oxidando y tenia las cuatro ruedas pinchadas pero para nuestro regocijo tenia los cristales enteritos, o por lo menos “aún los tenia enteritos”.El resto os lo imagináis, cuando nos cansamos de darle balinazos a las ventanillas nos entró la vena rambo y empezamos a culatazos con los parabrisas, toda una experiencia esto de la destrucción de la propiedad privada y todo seria un recuerdo muy bonito de no aparecer un lugareño con una hoz en la mano… que ríete tu de la de Panoramix, la cosa no acabo en plan viernes 13 pero nos llevamos una bronca tremenda y no nos quedaron más ganas de usar ni los balines ni la culata.
Anónimo
Jue, 14/08/2003 - 16:47
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Lecciones de la vida
Pues sin ir más lejos mi tío hizo una de las suyas.
¿os creiais que lo más era quemar una moto? ¿un bosque? ¿una ciudad? Nooooo lo más es jugar con “petarditos” ¡¡de dinamita!!
Siiiii, dinamita.
Pues resulta que mi tío estaba jugando con sus amigos.
Uno de los amigos era (no sé si sigue vivo) hijo de un capataz de voladuras de una cantera.
Este hombre tenía por costumbre el almacenar unos cuantos cartuchos en casa, con mecha claro, para que no falte nada.
Los niños (de esto hace ahora veinte años) que estaban aburridos y el ninio (el hijo del capataz) diciendo:
Pues yo tengo en casa petardos muy gordos.
Pues ¡ala! que se van a buscar los petardos y a jugar.
Ellos sabían que podía ser peligroso, y por eso se parapetaban.
Quemaron el primer petardo, y como lo hacían al descubierto, pues que no pasaba nada malo, nada más que el ruido fortísimo.
Y así toda la tarde (no sé cuántos quemarían).
En un momento dado, que ponen un petardito debajo de la hojarasca.
Prenden la mecha …
¡Y viene un hombre derecho al petardo sin saber nada!
¡¡¡ostras!! ¿qué hacemos?
Pues que uno de los amigos que se va al petardo (de dinamita recuerdo) para intentar apagarlo.
Intenta apagar la mecha, pero la jodida que no se apaga.
El hombre va hacia él con asombro (qué estará haciendo ese crío)
La mecha que sigue
BOOOOOOOMMMMMMM
Todo humo, como en las películas
El hombre casi se muere del susto
Y el niño:
Cof cof uuuuuuu (tos y llorando)
jia jia jia
No volvieron no
Anónimo
Jue, 14/08/2003 - 20:45
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Lecciones de la vida
Yo era bastante golfo de pequeño, y en el instituto me hice amigo de unos cuantos que consiguieron pulir esta cualidad mia.
La mejor gamberrada que recuerdo lo es porque fue bastante inesperada.Nos habiamos saltado unas clases y no teniamos nada que hacer,asi que nos dimos una vuelta por los alrededores del insti.En esos dias eran las fiestas del pueblo y nos encontramos con un volador (cohete de fuegos artificiales)tirado en el suelo,rapidamente decidimos que lo mejor era volver y tirarlo DENTRO DEL INSTITUTO.Dicho y hecho,nos metimos en los baños y nos preparamos para lanzarlo por la ventana.Esta ventana daba a un patio donde en ese momento estaba todo el mundo disfrutando del recreo (sin saber la que se les venia encima).Bien,nosotros esperabamos verlo salir directamente hacia el cielo y sin dañar a nadie,pero la sorpresa fue doble:salio casi en linea recta,atraveso el patio y se metio en un pasillo donde finalmente exploto con gran estruendo;pero es que encima era de los que hacen un ruido muy fuerte,como un silvido,durante todo el vuelo, ¡y eso no lo esperabamos!.
El resultado fue un caos tremendo en medio del patio que, astutamente, aprovechamos para librarnos.Estuvimos un mes descojonados con el asunto,sobretodo cuando alguien nos preguntaba por los autores!
(Perdon por los acentos).
RadikalQ3
Mar, 26/08/2003 - 12:14
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Lecciones de la vida
Yo he de confesar que de pequeño también era un pirómano sin freno.
Como la gozaba yo en navidades, con los petardos! :)
La palma de aquella época fué mi amigo ‘Guti’, que era un genio para su época.
Nosotros empezamos haciendo pólvora, robando los ‘ingredientes’ en una refinería de Petronor y en varias industrias farmaceúticas a las que teníamos acceso, pero sin duda el mejor descubrimiento fueron los cartuchos de escopeta… pólvora potente y fácil de conseguir (padres cazadores).
Nos dedicabamos a ‘volar’ todo aquello que encontrabamos, desde casetas de huerta a farolas, alguna que otra puerta… en fin…
La historia del Guti se vió truncada el día que no se le ocurrió otra cosa que volar una cabina de teléfonos, para lo cual, preparó un pepino de pólvora y metralla (tornillos y tuercas robados de las sobras de una fábrica de electródomesticos) y todo ello metido a presión en una lata de ColaCao.
Como detonador pretendía usar los filamentos de una bombilla de linterna, es decir, una bombilla sin el cristal, y como temporizador un electroiman a pilas pegado en el cuerpo de la cabina, de tal forma que al acabarse la pila, el electroiman caeria sobre una chapa metálica situada en el suelo y cerraría el circuito eléctrico del filamento de la bombilla, haciendo explotar el invento.
Llegada la noche, el Guti empezó a instalar el invento en la cabina, peeero, tuvo la mala suerte de tener la pila de petaca que debia alimentar el electroimán, algo gastadilla, así que la temporización apenas duro 3 segundos…
¿El resultado?, el PepinoCao hizo explosión, saliendo, primero la tapa superior de la lata, y, acto seguido la metralla y el fogonazo disparados hacia arriba, como un cañon.
Por el camino, la metralla volatilizo la mano izquierda del ‘Guti’, para después arrancar de cuajo el techo de la cabina, la cual sin el techo se vino abajo cual castillo de naipes.
Eso no fué lo peor… lo peor es que, aparte de perder la mano, debido a la situación política de aquella época (no muy distinta de la de ahora), le aplicaron la ley antiterrorista, teniendole incomunicado varios dias para interrogarle.
A raiz de aquello el Guti se dedicó a otros inventos, olvidando para siempre el ramalazo explosivo…
—Un Saludo
Radikal