Una vida con propósito

En un artículo anterior hablaba sobre el sentido de la vida. Escribí sobre si existía un propósito en la existencia y sobre si habría vida después de la vida o no. El punto fundamental era señalar que cada uno es libre de creer lo que quiera, y que cualquier perspectiva es interesante siempre y cuando resulte de utilidad.

En esta ocasión quiero abordar con más profundidad el tema del propósito. ¿Existe un propósito en la vida? ¿Venimos con un plan bajo el brazo?

Responder a estas preguntas es difícil. Como siempre, unos dirán que existe un propósito inherente a la vida y otros afirmarán todo lo contrario. Podemos pasarnos la existencia entera debatiendo si existe, o no, un algo en el interior de cada uno que pugna por salir al exterior y plasmarse en el mundo. La respuesta es la habitual en estos casos: quizá sí y quizá no. Depende, sobre todo, de a quién se le pregunte.

Personalmente, pienso que cada uno nace con un propósito interior, con un algo que pugna por salir y plasmarse en el exterior. Si se trata de un talento o no, eso es irrelevante. La secuencia es más bien:

  1. Me gusta hacerlo
  2. Deseo repetirlo
  3. Lo repito una y otra vez
  4. Como lo disfruto, me gusta hacerlo y siento la urgencia de continuar haciéndolo, siento el deseo de hacerlo cada vez mejor.
  5. Debido a la repetición y al interés, cada vez voy haciendo distinciones más sutiles y el resultado es, efectivamente, cada vez mejor.

Cualquier talento pasará desapercibido si no se plasma, y aquello que se plasma pasará desapercibido si no contiene trazas de talento. Es curioso el talento, pues precisa siempre de alguien que lo juzgue.

Volvamos al tema del propósito y consideremos las posibilidades.

Por un lado tenemos una opción: la vida carece de propósito. Si adoptamos esta perspectiva, ¿qué encontramos?

La vida queda reducida a la búsqueda del placer y a esquivar el dolor. El objetivo de la existencia es maximizar el placer y reducir al mínimo el dolor. Vagamos por la vida acercándonos a aquello que nos resulta placentero y rehuyendo aquello que nos duele. Nos convertimos en entes casi sin voluntad que, sistemáticamente, se acercan a lo caliente y se alejan de lo frío. Está bien, es aceptable. Mucha gente vive así. También lo hacen las polillas.

Mediante esa estrategia vital se puede llegar lejos. Es una forma válida de funcionar, y de hecho es la forma más habitual de vivir. El problema es que es una estrategia extremadamente limitada, basada en la gratificación instantánea. Uno pasa la mayor parte de su tiempo asegurándose de no sentir dolor y buscando la siguiente fuente de satisfacción. A grandes rasgos, así es como funciona la sociedad moderna. Alivio rápido y placer instantáneo. Los objetivos se trazan a corto plazo y se circula por el camino más corto hacia la siguiente satisfacción. Los criterios son sencillos: frío y calor. El movimiento está perfectamente delimitado. Está bien, es aceptable. Mucha gente vive así. También lo hacen los perros.

En el otro extremo: la vida tiene un propósito determinado. Esta opción se torna bastante más exigente que la anterior.

Para empezar, uno precisa conocerse. Esto implica pasar tiempo en soledad, hablando con uno mismo y sintiéndose las tripas. Implica establecer un sistema de valores que actuará como principio rector en la vida, y que deberá respetarse a toda costa.

Un sistema de valores conlleva unas condiciones de contorno en el juego de la vida. En ocasiones el camino hacia el placer será obvio, y uno deberá abstenerse de emprenderlo porque prefiere respetar sus propias reglas. Algunas acciones estarán permitidas y otras estarán prohibidas. No permitidas y prohibidas por algún tipo de autoridad externa, sino por una firme autoridad interna. Quizá surja la posibilidad de timar a alguien fácilmente y sin consecuencias para ganar una gran cantidad de dinero, pero si timar está prohibido por uno mismo, esa acción quedará fuera del repertorio. Quizá sea fácil perforar en Alaska para extraer crudo y ganar miles de millones de dólares. Si el respeto al medio ambiente es uno de tus valores, entonces esa acción quedará fuera del repertorio. Dentro de todas las posibles estrategias que uno podría emprender en el juego de la vida, algunas pasan a estar vetadas. El juego se complica.

Una vida con propósito es deliberadamente más dura que una vida en la que cualquier cosa vale. Uno se ve obligado a limitarse a sí mismo para lograr un objetivo superior. En ocasiones será fácil acercarse al calor y uno decidirá pasar por el frío varias veces.

Una vida sin propósito es sencilla: sólo hay que vivir. Todo está permitido. Cualquier cosa vale.

En una vida con propósito, uno crea sus propias restricciones y sus propias limitaciones.

A primera vista puede parecer un mal negocio decantarse por vivir con un propósito determinado. ¿Qué gana uno, pues, al dar un sentido a su vida?

  • Claridad: Si observas los niveles neurológicos, y sabes que los niveles superiores dominan a los inferiores, te darás cuenta de lo que significa que el nivel de propósito se encuentre en lo alto del todo. Es decir, es el principal principio rector y el principal motivador de todo lo demás. Una vez sabes lo que quieres hacer, una vez has creado tu propia visión del mundo, resulta fácil saber qué valorarás en el proceso, qué te conviene creer, qué vas a hacer y cómo, dónde y con quién. Aliados y enemigos se separan con una línea definida. Una vez el propósito está claro, el resto adquiere claridad de manera automática.
  • Motivación: Aquel que sabe para qué vive encontrará fácilmente la energía necesaria para llevar a cabo su propósito. En cualquier momento puede cerrar los ojos, evocar su propia visión del mundo y cargar sus pilas con las emociones y sensaciones asociadas a esa visión.
  • Decisión: Aquel que sabe adónde desea llegar lo tiene fácil a la hora de tomar decisiones. En ocasiones el camino se bifurcará y la dirección no estará clara, pero el norte siempre es el norte. Si el camino que ha decidido tomar deja de marchar hacia el norte, el caminante siempre, en cualquier momento, contará con la opción de abrir otro camino hacia su objetivo. Quizá se adentre por un tiempo en la selva y tenga que echar mano del machete. Quizá tenga que matar algún dragón por el camino, pero siempre sabrá que marcha en la dirección correcta.
  • Satisfacción: En la sociedad en la que vivimos, raro es aquel que se preocupa por su satisfacción a largo plazo. Es mucho más fácil desviarse a cada tanto y sentir el calor una y otra vez. Pocos son aquellos que se trazan una dirección y se comprometen a seguirla, haya o no camino, y pase éste por amplios valles o por cumbres borrascosas. La ventaja de comprometerse con uno mismo en un propósito determinado es la posibilidad de acceder a una sensación indescriptible. Es un sentimiento de satisfacción que nace en el interior de uno mismo y que, a cada día que pasa, se va haciendo más y más grande. Cada día cuenta. Cada ladrillo que se pone, por mucho que cueste, forma parte de una pared que se levanta día a día. Cuando la marcha se pone difícil, uno puede dar unos pasos atrás y observar el tamaño del muro con la certeza de que cada pequeño esfuerzo ha valido la pena. Nadie habla de estas sensaciones, y son fabulosas. Fabuloso es consagrar el tiempo y las energías a una creación personal que cada día toma más y más forma. La satisfacción emana del proceso, no del objetivo mismo, de manera que uno disfruta cada etapa.
  • Certeza: Cuando uno vive de acuerdo a un propósito, todos los por qués y todos los para qués están resueltos por unas pocas palabras que lo envuelven todo. La certeza causa anticipación. La anticipación causa excitación. La excitación contenida desemboca en un enorme placer a medida que uno va alcanzando diferentes etapas del camino. La mayor parte del placer que uno obtiene al vivir de esta manera proviene de la capacidad de saborear el premio mientras se siente la certeza de que se va a conseguir.

Vivir un propósito es, en gran medida, rendirse ante uno mismo. Significa admitir que uno es más grande de lo que piensa o cree. Significa aprender a tener fe en uno mismo, comprometiéndose a actuar en función de lo que considera importante incluso cuando no parece la opción más adecuada. Vivir tu propósito es convertirte en la mayor expresión posible de ti mismo, significa convertir tu vida en tu mensaje.

Vivir una vida con propósito es arriesgado, ya que es precisamente la propia vida lo que está en juego. Vivir de esta manera significa decir “Esto es lo que entiendo yo por estar vivo”, significa convertirse en el mismo ejemplo.

A cambio, uno obtiene principalmente una existencia significativa. Cada día cuenta, porque cada día es parte de un camino en el que todo lo que uno hace tiene sentido. Cada jornada forma parte de un viaje, cada acción es una pincelada sobre un lienzo.

No se trata sólo de vivir para algo, sino de vivir para algo grande. Vivir para algo significativo. Vivir para echar la vista atrás y sentir que lo que uno ha hecho valió la pena. Hacer algo grande para honrar los propios sacrificios. Hacer algo grande para que las propias renuncias expliquen el valor de las victorias.

Para mí, una vida con propósito es una vida digna de ser vivida. Conozco la diferencia. Sé lo que se siente al levantarse por las mañanas en uno y otro caso. Sé lo que uno siente al preguntarse “¿Qué sentido tiene que me levante hoy?” y sé lo que uno siente cuando esas preguntas se evaporan para dejar paso a las respuestas.

Conozco la diferencia, y entre una opción y la otra, te recomiendo encarecidamente una vida con sentido. La pregunta no es si la vida tiene un sentido o no, sino si quieres darle un sentido a tu vida.

La elección es sólo tuya.