Los límites de la atención
Como he escrito con anterioridad, la información que puede procesar la mente consciente es de entre 5 y 9 elementos de manera simultánea. Es decir, estamos muy limitados a la hora de prestar atención a todo lo que nos rodea. Ahora mismo estás leyendo estas líneas, y no eres consciente del peso de tu cuerpo sobre la silla, del roce la ropa contra tu piel, del contacto de los zapatos contra tus pies o de tu propia respiración, aunque quizá hayas hecho este recorrido mientras yo dirigía tu atención hacia estos elementos. Todo esto es información que, estando ahí, es descartada por tu mente consciente para centrarse en aspectos más relevantes de la experiencia.
Por otra parte, la mente posee un mecanismo llamado “Sistema de activación reticular” (o filtro reticular), que es el que decide en qué nos fijamos y qué descartamos en función de nuestros intereses, motivaciones y creencias. Cada segundo recibimos miles de millones de bits de información a través de nuestros sentidos, y si no la procesáramos y la filtráramos antes de hacerla consciente, nos volveríamos locos. Así pues, lo cierto es que aunque creamos que somos muy atentos y observadores, la realidad es todo lo contrario: casi todo se nos pasa por alto.
Esto es algo que se pone muy de manifiesto en las interacciones con otras personas. Gran parte del lenguaje corporal se nos pasa por alto. No vemos gran parte de los gestos, ni distinguimos multitud de tonos de voz, ni prestamos atención a muchas expresiones faciales. Las mujeres son diez veces más sensibles al lenguaje no verbal que los hombres, y aun así las limitaciones de su percepción siguen siendo muchas veces escandalosas.
Ando releyendo ahora un libro sobre el lenguaje corporal y he encontrado la siguiente historia que quiero compartir. Dice así:
Para un programa de televisión llevamos a cabo un experimento con la cooperación de una oficina de turismo local. Los turistas entraban en la oficina para pedir información sobre lo que podía visitarse en el lugar y sobre atracciones turísticas. Eran dirigidos a un mostrador donde hablaban con un responsable, un hombre de cabello rubio, bigote, con camisa blanca y corbata. Después de unos minutos discutiendo los distintos itinerarios, el hombre se agachaba detrás del mostrador para buscar unos folletos. A continuación aparecía con los folletos, de detrás del mostrador, otro hombre con la cara afeitada, cabello oscuro y con camisa azul. Seguía la discusión exactamente igual en el punto donde el primer hombre la había dejado. Cerca de la mitad de los turistas no se percataban del cambio, y los hombres presentaban el doble de probabilidades que las mujeres de no percatarse del mismo, no sólo en lo que al lenguaje del cuerpo se refiere, sino también en el aspecto de una persona completamente distinta.
Sin duda se trata de algo sorprendente. Derren Brown tiene su propia versión de este experimento. La puedes encontrar aquí: