Conviértete en el mensaje

A menudo deseamos transmitir a otras personas determinados mensajes, hacerles ver nuestra perspectiva, o simplemente “convencerlas” de algo. Cualquiera que lo haya intentado se habrá dado cuenta de que es una labor complicada, y generalmente abocada al fracaso. La mejor manera de hacerlo es convertirnos nosotros en el mensaje o, como se suele decir comúnmente, “predicar con el ejemplo”.

Decir una cosa y hacer otra es una manera de enviar señales confusas y contradictorias a otras personas, y un modo muy efectivo de perder credibilidad. Es importante, pues, manejarnos en la vida con lo que en PNL se conoce como Congruencia.

La congruencia se alcanza cuando todos los micromensajes que emitimos son complementarios y se dirigen hacia una misma dirección. En estos casos, alcanzar los objetivos que uno se plantea se hace mucho más fácil, pues resulta mucho más sencillo encontrar aliados en nuestro camino. ¿A quién ayudarías antes, a alguien que está convencido de que va a hacer algo o a alguien que de algún modo expresa dudas al respecto? ¿En qué preferirías participar, en un éxito o en un fracaso ajeno?

Los seres humanos emitimos en varios canales diferentes. Las palabras son uno de ellos, pero las palabras sólo representan el 7% de la comunicación. En casos de incongruencia, la persona no está completamente convencida del mensaje que está transmitiendo y esto fluye a través de su postura corporal, de sus gestos, del tono y del ritmo en su voz, respiración, etc.

Volveré en el futuro sobre este tema, aunque quiero dejar aquí una pequeña anécdota que ilustra el título de esta columna: Sé tú el mensaje.


Una madre llevó a su hijo ante Mahatma Gandhi y le pidió lo siguiente:

—Por favor, Mahatma, dile a mi hijo que deje de comer azúcar.

Gandhi quedó pensativo y le dijo a la mujer:

—Tráeme a tu hijo dentro de dos semanas.

Perpleja, la madre le agradeció su atención y se alejó diciéndole que así lo haría. Dos semanas más tarde, regresó de nuevo con su hijo. En esta ocasión, Gandhi miró al chico a los ojos y le dijo:

—Deja de comer azúcar.

Agradecida y desconcertada, la mujer le preguntó:

—¿Por qué me dijiste que lo trajera de nuevo al cabo de dos semanas? Le podrías haber dicho esta misma cosa entonces.

Gandhi le respondió:

—Es que hace dos semanas yo también comía azúcar.