¿Para qué meditar?

Meditar de manera regular era uno de mis objetivos para este año, y estoy siendo constante en ello. Algunos lectores me han escrito pidiéndome que explicara cómo lo hacía yo. Como me gusta tener un mínimo de experiencia antes de hablar de cualquier cosa, he querido esperar un tiempo. En este primer artículo abordaré algunas cuestiones sobre los beneficios de la práctica de esta disciplina.


¿Para qué meditar?

Mucha gente se preguntará qué ventajas tiene la práctica regular de la meditación. Explicaré los beneficios con un contrajemplo.

Ayer saqué la moto del garaje. Llevaba apenas un par de semáforos cuando vi a un tipo que caminaba por la acera con un perro sin correa. Sin darme cuenta, comencé a proyectar en mi cabeza una película mental en la que me sumergí completamente. En la misma, el perro saltaba al asfalto al pasar yo por allí, se interponía en mi camino y me hacía caer. Una vez recuperado, inspeccionaba el estado de la moto. Tenía algunos rasguños, pero lo importante era que yo estaba bien. Me acercaba al dueño del perro y le decía que debía pagarme la reparación del vehículo. Él se negaba. Yo discurría una manera de solventar el asunto de la mejor manera posible.

De repente me di cuenta. Llevaba unos treinta segundos enfrascado en una película mental en la que caía por el suelo, me hacía daño y luego discutía con tipo que no me podía solventar la situación. Por un lado tenía la carga emocional asociada a todo aquel proceso mental. Por el otro, mientras yo estaba pendiente de aquel drama que se desenvolvía en mi cabeza, mi moto debía ser conducida de manera inconsciente. Si hubiera sido consciente de todo el proceso mental desde el primer momento, podía haberme ahorrado el drama y su impacto emocional y además hubiera conducido más seguro durante aquel tiempo, más pendiente de todo lo que sucedía a mi alrededor.

Este es sólo un pequeño ejemplo de un proceso que repetimos docenas de veces en una sola hora, y lo peor de todo es que a menudo pasa por debajo del radar, completamente desapercibido. En el futuro explicaré cosas sobre hipnosis, y cuando veamos el concepto de trance te darás cuenta de que el trance es un estado natural del que entramos y salimos infinidad de veces cada día. Cuando te sumerges en una de estas películas mentales, estás en un estado de trance. Los hipnotizadores estiman que un gran sector de la población circula por la vida en un estado que ellos llaman “de sonambulismo”. Es normal, por tanto, que luego salga en el telediario el caso de un hombre que metió en el maletero la cuna del bebé y salió disparado para descubrir, horas después, que su hijo había muerto asfixiado. En un extremo, tales pueden ser las consecuencias de circular en estado de trance por la vida.


La salida al eterno drama mental

A medida que uno va ganando en consciencia de sí mismo, va descubriendo y desentrañando este tipo de procesos mentales. En cuanto te despistas estás enfrascado en una película en tu cabeza que a menudo es desagradable. Por otra parte, la atención es un recurso limitado, y cuando estás inmerso en lo que está sucediendo en tu mente te estás perdiendo gran cantidad de información que llega del exterior y que te podría ser de gran utilidad si fueras consciente de ella.

El proceso mental es incansable. En cuanto te despistas comienzas a ver imágenes en tu cabeza, a dialogar contigo mismo o con otras personas a las que imaginas. A veces incluso tienes discusiones acaloradas con gente de tu entorno. Esas discusiones, de las que apenas eres consciente, modifican tu percepción sobre la persona con la que interactúas, de manera que la próxima vez que te encuentres con ella es muy probable que reacciones en función de la discusión que acabáis de sostener (en tu cabeza, recuerda).

Hace poco escuché a un tipo contar una historia. La historia era sobre un hombre que pinchaba una rueda en una carretera muy poco transitada. Tras cambiarla, ya de mal humor, pensaba en si debía continuar la marcha o volver sobre sus pasos hasta la gasolinera que había dejado 50 kilómetros atrás y tras cuya caja había un imbécil con una gorra. Al final decide regresar hasta esa gasolinera para que le reparen el pinchazo. Por el camino, empezó a pensar en cómo se desarrollaría el diálogo. Poco a poco, debido a su mal humor inicial, su enfado iba creciendo y el tono de la interacción iba escalando cada vez que la revisaba mentalmente. Al final, el hombre entró en la gasolinera y le gritó al empleado “¡Cállate y arregla la puta rueda!”.

Es increíble darse cuenta de lo común que es este patrón, en el que antes de hablar con alguien imaginamos una y otra vez cuál será su reacción y terminamos sobre reaccionando nosotros de entrada gracias a una acalorada película mental que no ha tenido lugar más que en nuestra imaginación en un inútil estado de ensueño. Aquí un ejemplo en forma de cómic de esta suerte de paranoia tan habitual.

Este tipo de ensoñaciones son muy peligrosas también cuando hablamos con alguien. No es difícil, mientras alguien nos está hablando, empezar a decirnos cosas a nosotros mismos. A menudo juzgamos a la otra persona, o juzgamos lo que nos está contando, o presuponemos detalles importantes que no están claros pero que nos apresuramos a completar en nuestra imaginación, o simplemente nos deslizamos en películas sobre lo que tenemos que hacer después y las consecuencias que se seguirán si no las hacemos. Mientras tanto, la persona que nos está hablando cree, inocentemente, que cuenta con nuestra atención. A partir de ahí surgen los malentendidos, los olvidos y las discusiones.

Estas películas mentales nos distraen, nos llevan lejos de lo que realmente está sucediendo, nos someten a un desgaste emocional inútil y sin sentido, distorsionan los hechos, evitan que recopilemos información fidedigna y nos ayudan a construir una realidad a menudo menos agradable de lo que debiera ser.

La meditación tiene por tanto muchos beneficios:

  • Nos ayuda a ser más conscientes de estos y otros procesos mentales.
  • Nos ayuda a estar en el aquí y en el ahora, inmersos en lo que está pasando y no en lo que estamos imaginando.
  • Nos ayuda a separar la realidad de la ficción imaginaria.
  • Nos ayuda a estar más centrados en nosotros mismos, evitando que nos perdamos en largas peroratas sin sentido.
  • Nos ayuda a estar más tranquilos y relajados.
  • Nos ayuda a ser más conscientes de nosotros mismos, de nuestros pensamientos, de nuestras emociones y del efecto que las películas mentales tienen sobre la realidad en la que vivimos y sobre aquellos que se relacionan con nosotros.
  • Nos ayuda a redirigir toda esa energía mental hacia fines mucho más interesantes y más útiles.
  • Nos permite estar a solas con nosotros mismos durante un rato al día.

Si te quieres conocer, pasa tiempo contigo mismo. Tan sencillo, o tan complicado, como eso.