Sé flexible
La PNL bebe de muchas fuentes muy diversas; entre ellas, de la cibernética. En concreto, gran parte de las raíces de la Programación NeuroLingüística nacen del campo de teoría de sistemas. ¿Por qué? La respuesta es sencilla: todo es un sistema.
Tu cuerpo mismo es un sistema. Simplificándolo mucho, estás compuesto de células. Estas células interaccionan entre sí formando sistemas superiores denominados órganos. Los órganos se relacionan entre sí para formar un sistema superior que llamamos cuerpo. Si tomamos a la persona como una unidad, entonces vemos que las personas se relacionan entre sí para formar otros sistemas. Eres parte de una familia. Tu familia es parte de una comunidad. Tu comunidad es parte de una sociedad. Una sociedad es parte de un país y así hasta llegar al sistema humano de orden superior que es la humanidad. Cualquier elemento, en cualquier lugar, es parte de una cadena más grande, y se relaciona con un sistema superior y uno inferior. Todo está relacionado entre sí, y de ahí la cita hermética:
“Como es arriba, es abajo”
Es muy importante ser conscientes de este hecho y comprender que somos una pieza de un sistema más amplio. Ahí radica nuestro propio poder, ya que cuando efectuamos un cambio en nosotros mismos, por pequeño que sea, ese cambio tiene consecuencias en el sistema. Es así, aunque muchas veces no seamos conscientes de nuestra influencia sobre otros ni del alcance de nuestras acciones.
Concretamente, la teoría de sistemas afirma:
“Si en un sistema, sea cual sea su naturaleza, se efectúa un cambio, por pequeño que sea, el resto del sistema también cambiará para preservar el equilibrio”
Cada vez que cambias, cada vez que haces algo diferente, estás introduciendo un desequilibrio en el sistema en el que te mueves. Y el sistema deberá reajustarse para volver a encontrar un nuevo equilibrio. Cada acto tiene consecuencias.
La teoría de sistemas nos obsequia también con la “Ley de requisito de la variedad o flexibilidad”:
“En cualquier sistema, de la naturaleza que sea, biológico o físico, humano o mecánico, en el que todos sus componentes sean iguales o complementarios, la unidad o individuo con más amplio rango de respuesta controlará el sistema”
Esto significa que cuanto más flexibles seamos, cuanto más amplio sea nuestro repertorio de comportamientos, mayor será nuestro poder para controlar y dirigir las situaciones en que nos encontremos. En el marco de la comunicación, es fundamental contar con la flexibilidad necesaria para detectar cuándo nuestra comunicación está siendo aceptada o rechazada, y contar también con la capacidad de hacer los ajustes necesarios para poder lograr los resultados deseados.
A un nivel personal, un individuo o persona es un sistema en sí mismo. Haz un pequeño cambio en cualquiera de tus comportamientos habituales y ya habrás efectuado un cambio en ti. Estos cambios no tienen por qué ser espectaculares. De hecho, los cambios más sólidos y permanentes son aquellos que tienen lugar de manera suave y gradual. A veces basta empezar con un pensamiento.
“Vigila tus pensamientos, se convierten en palabras. Vigila tus palabras, se convierten en acciones. Vigila tus acciones, se convierten en hábitos. Vigila tus hábitos, se convierten en carácter. Vigila tu carácter, se convierte en tu destino”
—Frank Outran
Dos personas que interaccionen en cualquier contexto (familiar, laboral, social, de pareja…) forman un sistema. Cuando una de ellas hace algo diferente a lo habitual, la otra debe acomodarse a ese cambio. De ahí que, si quieres cambiar a alguien, debes empezar por ti mismo. No esperes a que otros cambien, cambia tú primero. Es en ti mismo donde reside el poder, y cuando esperas estás renunciando a tu propio poder y entregándoselo a otros.
Si hay una ley fundamental en el universo, esa es sin duda la del cambio. Todo está en constante movimiento, y conviene acostumbrarse a sentirse cómodo en el cambio. Probablemente Darwin se equivoco: no sobrevive el más apto; sobrevive el que mejor se adapta.
Así pues, sé flexible.
Algunos ejercicios para desarrollar la flexibilidad
Prueba a hacer algo diferente cada día, o a hacer algo habitual de una manera diferente. Observa las reacciones en ti mismo y en otros. Aquí tienes algunos ejercicios que puedes aprovechar:
- Camina de manera diferente a la habitual, con pasos más largos o más cortos. Observa cómo te sientes.
- Haz algo que sepas hacer bien de una manera diferente. El hacerlo bien puede estar impidiéndote explorar otras maneras de hacerlo quizá mejor.
- Habla con alguien y deja de escuchar sus palabras para centrarte en su tono de voz. ¿Encuentras algún tipo de información que antes se te pudiera haber estado pasando por alto?
- Prueba a hablar utilizando otros tonos de voz diferentes al tuyo. Si sueles hablar alto, habla bajo. Si sueles hablar bajo, habla alto. ¿Cómo reaccionan los demás?
- Si hablas mucho, prueba a hablar poco y a escuchar más. Si hablas poco, prueba a hablar más. Prueba a interrumpir conversaciones sólo para ver qué pasa.
- Durante un día, deja a todo el que te encuentres en un estado mejor que aquel en el que estaban cuando se encontraron contigo. ¿Y si pudieras hacer eso todos los días? ¿No se alegraría la gente de poder estar contigo?
- Haz algo que no hayas hecho antes: escribe una poesía, llama por teléfono a alguien a quien hace tiempo que no llamas, saluda a la gente por la calle, invita a alguien al cine sin razón aparente…
- Sal a la calle y pregúntale a alguien “Oiga, ¿qué planeta es este?” o “¿Me podría decir en qué año estamos?”. Observa sus reacciones. ¿Qué has aprendido?
- Baja al supermercado en pantuflas. Observa que mucha gente ni siquiera se da cuenta, y desde luego será raro que alguien te diga algo al respecto.
- Revisa tus hábitos e introduce algún cambio en ellos. Si desayunas antes de ducharte, por ejemplo, hazlo al revés y observa cómo te sientes. Cambia la hora en que haces algunas cosas.
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